Charlas con Bingo – El árbol caído
Esta mañana el cielo no tenía prisa.
Las nubes, altas y finas, parecían pintadas con pincel de pájaro. Caminábamos como siempre, tú unos pasos por delante, atento al sonido de las hojas y a los rastros invisibles que para ti lo dicen todo.
En la curva del arroyo, el viejo alcornoque había caído.
—¿Te acuerdas, Bingo? Este árbol era como un faro en medio de la dehesa. Lo usábamos de punto de referencia. Bajo su sombra hemos descansado, incluso nos refugiamos aquel día de tormenta.
Te acercaste despacio, lo olfateaste con la misma delicadeza con la que uno se acerca a un cuerpo dormido.
Yo puse la mano sobre su tronco caído. Aún estaba tibio.
Los árboles, como la gente, no se enfrían de golpe.
—¿Crees que se ha rendido, Bingo? —pregunté—.
¿O fue el viento? ¿O tal vez simplemente… se cansó?
No respondiste, claro. Pero tu silencio fue suficiente.
Me senté junto a él, como quien vela sin palabras. Tú te tumbaste a mi lado, y por un rato no hubo más sonido que el de la vida tranquila: una tórtola entre las ramas, el zumbido de un insecto, el roce del aire.
—Al final, Bingo, todos caemos.
La diferencia está en cómo nos sostiene la tierra, y quién se acuerda de nuestra sombra cuando ya no estamos en pie.
Te quedaste muy quieta. Solo movías las orejas, atenta al mundo.
—¿Tú crees que los árboles sueñan con volver a ser semillas?
¿Que nosotros también guardamos dentro una semilla, aunque no sepamos cómo regarla?
Te rascaste con una pata, indiferente al misterio. Y sin embargo, ahí estábamos los dos: un hombre y un perro, frente a un árbol caído, preguntándonos sobre la vida.
Antes de marcharnos, recogí un trozo pequeño de su corteza. No como recuerdo, sino como promesa.
—Volveremos aquí, Bingo. A ver si brota algo. Tú y yo sabemos esperar.


