Conversaciones con Bingo. Los ojos del corazón:

Conversaciones con Bingo. Los ojos del corazón:

Conversaciones con Bingo. Los ojos del corazón:

—Buenos y calurosos días, Bingo —te dije, mientras intentábamos cumplir con nuestro compromiso diario, a pesar del bochorno.
Esta mañana, como tantas otras al amanecer, me puse a leer. No fue un libro esta vez, sino una entrada de un amigo en Facebook. Escribía sobre la belleza de los ojos, y pensé en recurrir a nuestro amigo, ya sabes cuál. Siempre me gustaron los ojos azules, aunque hace tiempo descubrí unos de un color que yo llamo averdagaos, mezcla de verde y almendra, que solo con mirarlos enamoran. De todas formas, ya sabes lo que dice nuestro amigo: “Lo esencial es invisible a los ojos; solo se ve bien con el corazón.”
El sudor me resbalaba por la frente, y mi camisa comenzaba a transparentar las manchas como si también ella quisiera decir algo sobre el calor.
—Bingo, ¿y si escribimos nosotros una carta a nuestros amigos? Podría sonar más o menos así:
> Queridos amigos:
Queremos pediros perdón, porque el anticiclón de las Azores se ha instalado para enviar las borrascas rumbo a “La Gran Bretaña”, y de paso nos regala la calima del desierto del Sáhara. Allí, también por nuestra culpa, el Principito sopla y nos manda más calor a la península.
Como nos creemos reyes del universo, nos basta con pedir perdón. Ya sabéis aquello que dijo el otro: “Perdón, no volverá a suceder”… ja, ja, ja.
En uno de los asteroides del Principito vivía un rey con un único súbdito: un ratón. Su pasatiempo era condenarlo a muerte cada día. Pero llegado el momento, lo perdonaba con solemne generosidad. Era lógico: si cumplía la condena, se quedaba sin súbditos a los que gobernar. Y, además, sus reales manos no podían rebajarse a ejercer de verdugo. Pero como no había verdugo… pues eso: agua y ajo.
Hoy el coro era estremecedor. Habían separado a las crías de sus madres, y sabiendo el destino que les esperaba a los becerros, sus voces eran letanías de un dolor antiguo y profundo.
—Bingo, en el mundo animal, las madres protegen a sus crías incluso con su vida. ¿Verdad?
Diste dos ladridos cortos y moviste el rabo.
—Sí, ya lo sé, amiga. Entre los humanos, a veces, hay madres que no quieren a sus hijos, que los abandonan… incluso los matan. Con los años, quizás, algunas cosas se ven más claras, otras más borrosas. Y a ti te pido perdón por mis propias intransigencias.
No he vuelto a comer ternera. Y mira que me gusta un buen entrecot, y a ti te encantan los huesos. Pero ahora, en el plato, solo veo los ojos de esos terneros que se acercan a jugar contigo, y que, con tus ladridos, salen huyendo, alegres, sin saber aún lo que les espera.
—Mañana, si baja un poco el calor, te dejaré bañarte un rato más. Aunque, viendo a las vacas metidas en la laguna… va a ser que no.