Conversaciones con Bingo Un paseíllo con el maestro Morante… o casi
Hoy no llevé ordenador ni pensé escribir las reflexiones. Porque, para qué mentir, no tuve mucho tiempo para reflexionar ni comentar contigo, amiga.
Pero he aquí que, un poco más tarde de lo habitual —o más o menos—, al salir de casa y en una calle aún vacía (ni siquiera había abierto Mercadona, ¡qué ganas de que se lo lleven y lo hagan enorme como dicen, allá por la entrada o donde el ferial!)… pues eso, que cruzando el pequeño paso a nivel iba mi amigo, el maestro Morante.
No, que es broma. Era Manolo.
Paré, como está mandao, y le dije:
—Sube, que nos vamos a la dehesa a ver a Bingo.
De verdad, se le alegró la cara. A él y a mí. Me gusta pasear, conversar y escribir con él.
A Manolo, el campo en general y la dehesa en particular lo resucitan.
Cuando llegamos a tu casa, comenzaste a ladrar. Mientras te ponía la correa, él se quedó viendo jugar al Tetris.
Te explico por qué: los señores que estaban cargando, con una habilidad extraordinaria, las corchas de los alcornoques recién desnudados, respondieron a su pregunta de cómo eran capaces de colocarlas así:
—De chico jugaba mucho al Tetris.
—Yo también —contestó Manolo.
Al salir, le oliste la mano. Él te ofreció una caricia, y la amistad, como un flechazo amoroso, surgió entre los dos.
Bingo merece la pena, sabe mucho de toros, de pájaros y de setas.
Nos pusimos en camino hacia la laguna del arroyo Tamujoso. En el camino, Manolo encontró un saco vacío de camperina tirado al borde, partió un palo seco de alcornoque y lo convirtió en estaquillador y ayuda.
Le propuse pedirle a José Luis Bertol una vaca de encaste Santa Coloma.
—Como mucho, una de Ventorrillo —respondió.
Con la izquierda comenzó bajando la mano y alargando el pase hasta el infinito.
Tú, Bingo, lo mirabas extrañada.
Te pidió que le hicieras de toro, pero te negaste con dignidad.
La laguna sigue menguando, pero hoy estaba pescando el amigo Lechero.
—¿Pican las tencas?
—Pican poco, y además son chicas —respondió.
Su perro, como siempre, se acercó a saludarte. Tú, aunque sé que no te importa, hoy no te metiste en el agua.
Volvimos los tres sobre nuestros pasos. A mí empezó a sonarme el teléfono, como siempre: trabajo, amigos, compañeros… Hoy me han invitado a ir a Malta —¡jo!— y me lo estoy pensando. También hemos quedado para ir a Ciudad de Vascos, probablemente en septiembre.
Sabes, Bingo, me encanta la arqueología y la historia, y ese grupo —gente importante en ese mundo— me considera. Yo, que solo soy un aficionado.
Llevamos a Manolo a ver las piedras que tanto nos gustan en la dehesa. Y al lado de los chozos, las flores que la llenan de vida. Qué bonito es verlos ahora llenos de visitantes que vienen a nuestras tierras.
Nos sentamos sobre un lagar y un altar del siglo menos VI o menos VII, de los lusitanos. Luego lo llevamos hasta la calzada que da nombre al pueblo y que es conocida como La Dalmacia.
Se nos hizo tarde y empezó a apretar el calor. Manolo no se encuentra bien con él… y yo tampoco.
Hoy no ponemos fotos. Seguro que las sube el maestro. Ya lo vi toreando.
Hasta mañana, que será domingo… y volveremos a pasear.
