Conversaciones con Bingo Ver quemarse la vida

Conversaciones con Bingo Ver quemarse la vida

Conversaciones con Bingo Ver quemarse la vida

Buenos días, Bingo.
Ya sabes que muchas veces las expresiones hechas no son más que palabras, pero hoy no es el caso. Hoy, ver quemarse la vida es algo literal. Estás nerviosa, lo noto, porque el viento trae el olor del humo, y yo, inquieto por dentro, pienso en la gente y la naturaleza de Las Hurdes, especialmente en Cambroncino, esa pequeña alquería de Caminomorisco. También en Penamacor, tierra hermana, y en las cercanías de Ávila, en los valles cereceros.
¿Quién? ¿Por qué? ¿Qué busca el que prende fuego a estos rincones?
El humo oculta el amanecer. Ni siquiera la lluvia de estrellas de anoche, esa que quería ver contigo, ha conseguido abrirse paso en el cielo.
Las Hurdes, como la Sierra de Gata, son mucho más grandes que el área del incendio, sí, pero son también pulmón verde, reclamo de vida, de futuro, de turismo sostenible que nos ayuda a vivir, incluso a nosotros, aunque estemos lejos de esa primera línea de fuego. Y solo algunos humanos —pocos, pero suficientes— son tan idiotas como para destruir el hábitat donde viven.
Me duele. Me siento abatido cuando veo avanzar el humo, esas nubes que se forman, que un buen amigo, viejo amigo ya, Paco Castañares, describe con exactitud: columnas de energía que, si pudieran aprovecharse, darían luz a toda la población de la zona durante meses.
Y mientras tanto, en la otra parte del mundo, al este de Rusia, la tierra tiembla. Un terremoto inmenso sacude el suelo bajo los pies del señor Putin, y todo el Pacífico se estremece con el riesgo de tsunamis. Es la naturaleza recordando que no se puede someter. La naturaleza devuelve, a su manera, el daño que le hacen.
Bingo, sabes que muchas veces te hablo de la entropía del universo. No, no te voy a explicar la fórmula ahora, no merece la pena. Pero el karma, ese sí que se muestra claro en días como este.
Menos mal que Cris nos ha enviado fotos de la tercera laguna. Esa donde la sombra refresca el suelo y las encinas y alcornoques beben durante todo el año.
¿Quieres bañarte?
Mientras, nuestras amigas —las cabras y las vacas— siguen haciendo su labor. Pastan, limpian, despejan de maleza la dehesa. Y con su paso, aplastan los restos que podrían ser alimento para el fuego. Son las verdaderas aliadas de la tierra, y apenas nadie las escucha.
Hoy me pregunto, Bingo: ¿cuántos de esos ecologistas de despacho, que impiden el pastoreo y dificultan la limpieza de nuestros montes, están ahora mismo con los bomberos apagando fuego?
Te lo digo yo: ninguno. Siguen en sus putopijos despachos, esperando cazar una subvención, inventando soluciones que nunca aplican.
Vamos a confiar en esos héroes de verdad, los que llevan días sin dormir, combatiendo llamas. Ojalá logren contenerlo pronto. Ojalá el daño no sea irreversible. Aunque ese valle tardará años en parecerse al que fue.
Bingo, los hombres están locos. Locos, locos.