Conversaciones con Bingo El arroyo y las raíces

Conversaciones con Bingo El arroyo y las raíces

Conversaciones con Bingo El arroyo y las raíces

El agua del arroyo, hoy seco, va lamiendo y dejando al descubierto las raíces de las encinas, que se niegan a abrirle paso. Él serpentea entre ellas, buscando la laguna donde dejar sus aguas mansas.
Como todos los días, has seguido jugando con los recovecos y buscando entre las piedras, oliendo todo, esperando las cabras que ya se oyen.
Nos encantan los cuentos infantiles. Disfrutamos con pensamientos felices que nos permiten volar. Por eso intentamos —aunque no siempre lo conseguimos— traeros hasta nuestra conversación pensamientos positivos.
Después de que tú te des un baño, y a mí me des algunos tirones que cualquier día me hacen acompañarte al agua —y no sería bueno, podría acabar además de mojado, sin móvil—, seguimos nuestro paseo.
Anoche cambié un magnífico concierto por acompañar a un buen amigo, Pedro Gutiérrez, a una conferencia en el precioso salón de la Casa de Cultura de Calzadilla —este pueblo en cuya dehesa boyal nos encontramos—. Allí se habló del doctor Camisón y también de los Duques de Alba. Pedro mencionó el Cristo de Mitata, que guardan en su ermita.
Sabes, Bingo, ese Cristo es oscuro, y no porque el humo de las velas manchara su rostro, sino porque, después de que doña Mencía, la Duquesa, lo encargara y casi obligara a hacerlo, Lucas Mitata —trotamundos e incumplidor de sus compromisos— se vio presionado. Alguien pensó que mejor oscuro… y lo ennegreció con betún de Judea.
Seguro que, como Jesús dicen que era de allí, le sentaría bien.
Bueno, hay que estar donde hay que estar. Anoche, estaba aquí.
Cada día nos encontramos con los amigos mastines. Imponen, con lo grandes que son, pero a nosotros, que ya formamos parte de su paisaje, ni se molestan. Nos dejan estar.
Bingo, he revisado para hacer un índice y… llevamos cincuenta paseos conversando.
¿Debemos publicarlo, para que nuestros amigos puedan imprimirlos y tener su libro? ¿Tú qué crees?
Dicen que seguimos en una ola de calor. Cuando llego a verte por la mañana hace fresco, pero luego, cuando terminamos el paseo, yo voy sudando. Los perros, con ese abrigo de pelo negro, no sudáis: abrís y cerráis la boca —»cedáis», decimos por aquí— para perder calor. Todo es cuestión de hábitos… de la naturaleza.
Ayer hablé con Sergio. Lo echo mucho de menos. Está con su papá. Lucas, con sus abuelos en Salamanca. Así que tú y yo solos, dándonos compañía.
Llamamos y nos llaman. Y escuchar voces amigas es fenomenal, una declaración de vida, y también la certeza de que a veces servimos para algo más que pasear y reflexionar sobre nosotros.
La vida corre a toda velocidad y no se para ni un minuto. Mientras pasa, vamos acumulando conocimientos que, más que opción, deberíamos tener la obligación de transmitir a quienes nos vienen siguiendo los pasos.
Cada vez nos sentimos más afortunados: de ser, de estar, de soñar cada noche… Bueno, también de día. Te pillé dormida y moviendo el rabo. Chica, ¿en qué estarías soñando?
Por cierto, Bingo… ¿existirá un paraíso donde van los perros buenos?
Hoy Alma y Julia se acordaron de ti, y de tu hermano Bluei, que se fue a la habitación azul del paraíso. Un día las mellizas vendrán a verte, y jugaremos con ellas. Ese día escribiremos un cuento… aunque es tan difícil escribir uno que tenga final feliz.
Como el escrito de Jesús de hoy, que es una declaración de amor a la dulce Inma. A partir de ahora, escribirá cuentos con sonrisa y final feliz.
Bueno, esta noche volveré para asistir al último concierto. Y mañana… te cuento.