Conversaciones con Bingo Las tencas del Majadal

Conversaciones con Bingo Las tencas del Majadal

Esta mañana tenía ganas de llegar a verte. Aunque cada día amanece más tarde, la hora de levantarme sigue siendo la misma. Tendremos que cambiar la alarma del despertador, aunque el reloj biológico no dependa de la luz.

Hoy el Jálama empezaba a dorarse y, un día más, lucía su boina. Hace muchos años me regalaron una boina enorme que los vascos llaman chapela. Además de proteger del frío, servía para cubrir la cabeza, que entonces no lo necesitaba, pero que ahora empieza a dejar ver la piel entre los cabellos grises y cada vez más escasos.

Abrí la puerta no sin cierto temor a cómo podrías reaccionar. Sin embargo, tu actitud fue la de esperar tranquila a que te colocase el collar y la correa, esa fina cuerda que te permite correr algo más libre, aunque siempre cerca de mí. Quizá estabas arrepentida de lo de ayer, que bien mirado, no fue más que lo normal que podías hacer.

Bingo, la libertad es patrimonio de los seres vivos: de quienes piensan y se llaman racionales, y también de quienes, según algunos, no disfrutan de esos privilegios.

Hemos iniciado el camino. Yo, Bingo, cometí muchos errores en la vida, pero procuré aprender de ellos. Sobre todo, aprendí a pedir perdón, incluso cuando creía no tener culpa. Durante gran parte de mi vida mantuve las puertas abiertas para escuchar a quien lo necesitaba, para ayudar a quienes lo pedían e incluso a quienes, por vergüenza, callaban pero yo sabía que necesitaban ayuda. Quizá por dedicarme demasiado a los demás, olvidé a los míos. Lo siento; puede que ya sea tarde.

Lo triste, Bingo, es comprobar que, cuando dejas de ser útil a los intereses de otros, se cumple el viejo dicho: “No pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió”. Un día tu nombre y tu número desaparecen de las agendas, el teléfono deja de sonar y, si te ven, parecen no recordar lo que hiciste por ellos. Quizá la culpa sea mía: nunca me puse medallas que no me correspondían ni di “cuatro cuartos al pregonero”. Todo quedó en mí y en los más cercanos que entonces me acompañaban.

A estas alturas de la vida, aunque el cuerpo se incline como las encinas del camino, sigo andando. No me verán caer ni suplicar de rodillas. ¿Quién soy yo para quejarme, si fui un afortunado en la vida que me tocó vivir?

Las guerras las vi lejanas, aunque estuve cerca de refugiados.

El dolor de los niños, el hambre de otros, no lo sufrí ni lo sufrieron los míos.

El día que firmé un pacto, lo llevé hasta las últimas consecuencias. Y cuando me bajé del poder que da la política, lo hice para no molestar en el autobús y dejar paso a quienes parecían tener más fuerzas y nuevas ideas. Hoy, Bingo, reconozco que quizá también estuve equivocado.

Hoy fuimos hasta la laguna. Las gambusias, introducidas hace décadas para luchar contra el mosquito anopheles transmisor del paludismo, saltaban fuera del agua perseguidas por las tencas, que según Manolo son depredadoras a las que les falta alimento. Pasear contigo y con Manolo, que es una enciclopedia con piernas, siempre es aprender: intercambiar conocimientos como si fueran cromos. Escucharlo, hablar de lo que fue su trabajo y que el corazón cansado obligó a dejar atrás, es un regalo. Todavía me pregunta por qué no hago con él un encargo. Me gusta firmar cosas a su lado: yo soy apenas un escribidor, pero él es un escritor con mayúsculas.

Nos dijo que hoy picarían las tencas. Y al llegar a la laguna del Majadal, donde había más pescadores que sitio, por fin vimos que era cierto. Allí estaban Vicente, Carlos, el Lechero y tantos otros amigos, sacando hermosos ejemplares. De esos que antes compartía Martín, aquel amigo que un día se fue a cazar perdices y pescar tencas a otra dimensión.

¿Y sabes cuál fue la ocurrencia de nuestro amigo? Que nos saquemos la licencia de pesca —que a nuestra edad es gratuita— y el permiso del coto, y que además de pasearte, vayamos a coger alguna tenca. Y lo peor es que seguro que sería capaz de hacerlo y hasta de entusiasmarse. Así que nuestros paseos durarían toda la mañana… tendremos que poner algo de cordura.

Ayer cocinó hígado, uno de esos platos que me cuesta superar, pero que seguro también borda.

Hoy volvimos cansados. El aire estaba denso, se respiraba con dificultad. Hay días —y parece que los sábados lo son— en los que no estamos para nada.

Mañana, Bingo, será otro día contigo y otro día más para aprender de la naturaleza que nos rodea