Conversaciones con Bingo 25 de julio – Día de Santiago, para Rita, Mariángeles y Ángel
Creo que fue ayer cuando nuestra amiga Rita preguntaba:
—¿Y ahora, después de finalizar el festival de teatro, de qué hablaremos?
Pues hasta de ella, Bingo. Rita es una abuela coraje, de esas a las que la vida ha golpeado fuerte y feo, creo que inmerecidamente. No puede venir a verte, ni a disfrutar de la dehesa ni de los chozos, por eso el escribidor —ese que te acompaña— y tú, de la mejor forma que sabemos, queremos abrir una ventana para que pueda mirar con nuestros ojos.
Nuestro saludo, Bingo, es siempre «Paz y Bien», como decía nuestro amigo Francisco, el de Asís.
Tenemos también otra amiga que disfruta con nuestras andanzas, recuerdos y sueños: Mariángeles. Gracias a las dos por regalarnos una sonrisa y una caricia para ti, Bingo. Ella mueve la cola y os manda un guau cariñoso.
Hoy hemos vuelto a la laguna, donde hace días encontramos una pluma de cigüeña. Cada día, la laguna mengua, como la luna de julio. Tú, como siempre, te has metido en el agua y corrías, mordiéndola, como si pudieras atrapar las pequeñas olas que tú misma levantas con el chapoteo.
La laguna espera, espera que alguna tormenta de verano le devuelva la vida con sus gotas, y que una voz —como la que llamó a Lázaro— le diga: “¡Levántate y anda!”
El arroyo que la llena cuando corre en otoño se llama Tamujoso.
Y hoy, 25 de julio, día de Santiago —el Mayor, ese del «Santiago pinta el vago y pinta la uva que ya va madura»—, antes festivo en toda España, hemos querido rendir homenaje a una vieja leyenda.
Cuenta la historia que una bella sirena, de ojos azules y cabellos dorados, se dejó ver un verano en esta laguna. El río Alagón se enamoró de ella al instante, pero al saber que era humana y no poder conquistarla, se la llevó consigo, para que su espíritu enamorado viviera para siempre en el cauce de su corriente.
Era este el día —el de Santiago— en que las familias se echaban al campo con sus bártulos, unas toallas, una manta de tiras de Torrejoncillo —más bella y resistente que un tapiz de la catedral de Zamora—, y una sandía de la huerta. La botella de vino y casera se metía en la corriente para mantenerla fresca, lista para la comida o la merienda.
Tendremos que preguntarle a María José Vergeles, cuando vuelva de rendir homenaje a su maestro y amigo Antonio Alviz, si aún se hacen aquellas mantas. Eso sí que era reciclaje del bueno. Prometo volver sobre el tema de las mantas y la artesanía de Torrejoncillo otro día.
Las tamujas —de las que hablaba con Juan Valcárcel cuando su abuelo era el Escobero— daban sombra, y en el estrecho hondo del río se montaba el tenderete. Bajo la mirada atenta de nuestros padres, nos dábamos un baño en un río limpio, sin apenas regulación. Las ovas formaban penachos verdes que acariciaban los pies y servían de refugio a barbos, jaramugos y bogas, estas últimas convertidas en manjar cuando se cocinaban en escabeche.
Era un día de gozo, sí, pero también un día en que el río a veces se cobraba su tributo en vidas.
Por entonces, en Coria no existían piscinas municipales. Solo recuerdo una pequeña, en el campo de fútbol de la Isla, que al final fue enterrada.
No hace mucho, este mismo día de Santiago se llevó a un buen amigo, Ángel, un gran hombre que volvía a casa del trabajo.
Desde aquí, desde los chozos, Bingo y yo miramos en silencio hacia el Puerto de Perales y balbuceamos una oración. Por Ángel.
Qué orgulloso estaría hoy de sus vástagos.
Como buen torero que fue, les dejó una faena de vida que merece ser ovacionada.
