Conversaciones con Bingo Aquiles, Shakespeare y las ruedas de fuego

Conversaciones con Bingo Aquiles, Shakespeare y las ruedas de fuego

Hay ocasiones, Bingo, en que me planteo dejar de contar nuestras conversaciones. Incluso, al poner los pies en el suelo, me sorprendo preguntándome: “¿De qué hablaremos hoy?”. Me surgen dudas. Pero basta con salir a la calle y llegar a la dehesa para que las musas empiecen a hacerme travesuras.
Anoche me fui más temprano de lo habitual, quería asistir al espectáculo que proponían desde el festival de teatro. Al llegar a la calle Oscura —que otro día te contaré, con su historia de la cárcel real y la casa de las Bandas— el estruendo de tambores me hizo acelerar el paso. Un inciso: anoche iba preparado, o eso creía yo, para soportar el fresco y el aire, porque me temía que, como dice el buen Félix, «La Rubia» había vuelto a dejar la puerta abierta.
De frente me encontré con el gigante Aquiles, que avanzaba por la calle de la Iglesia hasta que la estrechez de la misma impidió que continuara su marcha. Fue un poema ver una figura de más de cinco metros intentando dar la vuelta para reencaminarse hacia la plaza de la catedral. Una auténtica tragedia griega: “donde no hay, no roban”, y lo que no había era espacio para girar, más aún con un coche mal aparcado dificultando todo.
Aquiles, sorprendido, me hizo una reverencia y me guiñó un ojo. Yo le respondí con una sonrisa y continué tras él, una vez logró su objetivo.
En la plaza, en la zona habilitada para ello, unas carcasas de fuegos artificiales sirvieron de fin de fiesta: ruedas giratorias que me devolvieron a la infancia, cuando don Leopoldo —cura párroco de San Ignacio, valenciano que profesaba amor a Dios y a la pólvora— cerraba cualquier fiesta digna de tal nombre con fuegos de artificio de ruedas giratorias.
Yo, que soy poco o nada dado a salir en fotos, me hice una a los pies del talón de Aquiles, mitad dios y mitad humano, justo en ese punto donde tenía su debilidad.
Este festival se va consolidando a pasos agigantados. La ocupación de las butacas cada noche da idea de la aceptación entre los aficionados de los pueblos de la comarca y de Coria. Lamentablemente, los que faltan son los que aparecen solo el primer día para la foto, y volverán si algún gerifalte hace acto de presencia. Por eso, Bingo, mal me verán a mí, aunque esté y no falte ninguna noche.
Después vimos representar a Enrique III, de ese señor Williams Shakespeare, que curiosamente se hizo rico con el teatro, aunque en sus obras mataba hasta al apuntador. Muertes, traiciones, pelotas y lameculos… que Ricardo III como era de esperar, no premiaba. “¡Su reino por un caballo!” —¡Ja, ja, ja, Bingo!— nosotros, como mucho, podríamos ofrecerle una cabra vieja de Cristina. No creí que pudiera ser tan importante mantener un reino a cualquier precio. De total actualidad: “caiga quien caiga… no se cae nadie”.
Hoy vino hasta nosotros, con ganas de jugar, un macho que debe ser de tu familia. Cada vez que lo veo me recuerda a Duda, mi perra de Alcains, cuya inteligencia me encantaría que llegaras a tener.
Esta noche, Bingo, me llevo una manta. Tengo enormes ganas de ver a nuestro amigo Javier Uriarte, coriano y artista. Mañana te contaré lo que disfrute esta noche, y también te hablaré de los muchos artistas que ha dado, da y dará la vieja Caurium, que acabó siendo Coria.