Conversaciones con Bingo El amarillo de los presagios y la Balada de Martin Fierro
Como te decía ayer, Bingo, curiosamente hay ocasiones en que nos fijamos demasiado en lo superficial, y eso nos afecta a la hora de valorar a las personas.
Yo tengo mis amores y mis fobias, aunque siempre he querido ser lo más racional posible. Tengo que reconocer que, aunque no me importan —es más, me gustan— los gatos negros (tuve una gata que se llamaba Lua, que en castellano es Luna), he pasado por infinitas escaleras abiertas y he dejado cientos de veces una tijera sin cerrar… pero no consigo superar una cosa: el color amarillo.
No, no es por Goethe, que dicen que se suicidó vestido de amarillo en el teatro. Tampoco me asustan los viernes 13, aunque en esa fecha el rey de Francia y el papa acabaran con los templarios.
Mi fobia tiene otro origen, una camisa… pero eso, quizás, te lo cuente otro día.
Anoche fui con enorme ilusión a escuchar —y también ver— a Anabel Montesinos. La noche anterior, como te conté, se sentó delante de mí y pude ver su tatuaje de Jasmine, cuando su larga melena se echaba hacia un lado.
Su programa estaba lleno de autores latinoamericanos, y ni un guiño a ningún español. Supongo que no por ser nacionalista catalana, ya que lo corrigió en medio de una magnífica pléyade de autores. Volvió a interpretar, como la noche anterior hizo Aniello, Asturias. Yo agradecido, porque así uno puede valorar dos interpretaciones de una misma obra.
Pero, Bingo… salió al escenario con un vestido largo hasta los pies: ¡amarillo chillón!
Algo me dijo que no podía ser buena señal, y estuve a punto de venirme para casa. Y como si el destino quisiera darme la razón, en mitad del concierto se fue la luz.
A Anabel no pareció importarle: siguió interpretando como si estuviéramos en pleno barroco, a la luz de unas velas… modernas, eso sí: las linternas de los móviles.
Últimamente son frecuentes los microcortes de electricidad en Coria. Demasiado frecuentes. Seguramente porque, con tantos «adelantos», la empresa suministradora parece instalada en el siglo XIX, y el Ayuntamiento no dice nada.
Bueno, sigamos con lo que nos ocupa. Si hoy volvemos a ver a esta maravillosa intérprete, le pediremos un autógrafo.
Ayer, cuando iba a buscarte, vi que la brisa nocturna —esa que en la dehesa siempre corre entre encinas— había acabado con aquella encina que nos servía de refugio junto al camino.
Tenemos que decirle a Alejandro que por cada encina o alcornoque que muera, debemos plantar dos, para que el Rebollar siga siendo hermoso.
Sabes, Bingo, cada día, hagamos el camino que hagamos, llegamos llenos de polvo, cosa que antes no pasaba.
Los amigos de la saca del corcho, con sus tractores y coches siempre con prisas, están dejando los caminos batidos y convertidos en polvo fino. Pero en esto, como en tantas otras cosas, los agentes de Medio Ambiente no parecen tener nada que decir.
Cuando caigan las primeras lluvias este otoño, los caminos serán impracticables, los arroyos se llenarán de lodo y barro que acabará asfixiando los peces de las lagunas.
Ya sé, Bingo, que no seré muy políticamente correcto, pero ya no tengo edad para aguantar las tonterías de aquellos que siguen perteneciendo a la cofradía de la que yo formé parte.
Detrás de la laguna, en el cauce del arroyo Tamujoso, todo está verde por la filtración del agua. Y tú, como siempre, te revolcaste feliz entre los poleos y encontraste un nuevo juguete: la concha vacía de un galápago que debió morir por el calor y del que dieron buena cuenta, sabes , hablaba con Chari que antiguamente, cualquier cosa y la imaginación eran los mejores juguetes de un niño.
Bueno, te quedo a Anabel vestida de amarillo y un poquito de su actuación.
Me enamoró con Balada para Martin Fierro, si ,Bingo, la letra de Martin Fierro dice : «Nadie salió a despedirlo cuando salió de la estancia, a lo más, su perro bodeguero, cosas que pasan».
También en Argentina y en la Pampa los perros son fieles a la palabra dada.
