Conversaciones con Bingo El color verde vejiga y el perro Reverte
Aunque todos los días nos parezcan iguales, en este mundo paraíso de nuestra dehesa, cada jornada Bingo y yo nos encontramos con algo diferente, o con algo que hace distinto nuestro paseo.
Conversar, meditar, reflexionar… y estar pendiente de tus actitudes y de tus avisos, amiga.
Hoy el maestro Manuel no nos ha acompañado: tenía que hacer. Además, está pintando sobre damajuanas de cristal, cuyo color siempre me gustó —verde vejiga, lo llaman—.
¿Sabes? Un día te contaré sobre mis colores, y con ello sobre mis fobias. Como los toreros y los actores, de cuyas profesiones tengo nombres en mi lista, también yo tengo manías, por decirlo suavemente.
Esta mañana volvimos hasta la laguna de la entrada. Tú, como siempre, a la carrera tras las carpas y los aviones que beben en vuelo. Cada día el agua está más lejos de la piedra donde me siento, y tú te tumbas a la bartola esperando recompensa…
Pero hoy, camino de la laguna, hiciste algo que me sorprendió: ante el ruido de un camión cargado hasta arriba de corcho, te escondiste en una alcantarilla.
En vez de aprovechar para ladrar, como es tu costumbre, preferiste hacerte búnker. Será que reconociste a un enemigo enorme, uno de esos que acabarán con el camino y con las encinas cercanas a él.
Consecuencia: al pasar, el camión rompió unas ramas de las que por aquí llaman “tareas”, y me cayeron al lado. A ti no, que estabas refugiada.
No saber leer tus mensajes es lo que tiene.
Cuando salíamos de tu casa apareció SP, el cachorro de José Luis. Tan maltrecho y ajado que me dio pena. Lleno de parches sin pelo, con heridas sin curar… por un momento me pareció el caballero de la triste figura tras su mala aventura con los molinos de Criptana.
Pobre destino el del cachorro.
De vuelta, paré a Cristina, que salía del aprisco de sus cabras. Sabes, Bingo, me encanta que lea nuestras conversaciones, porque sé que lee mucho, y que nos lea a nosotros es un pequeño orgullo.
Seguramente nunca pensó que aquel viejo con el que se cruzaba casi cada día era este escribidor.
Pero te cuento. ¿Sabes cómo me dijo que se llama ese perro de dos colores, tu amigo, el del ojo azul cielo claro y el otro pardo como la tierra?
Se llama Reverte. Con eso queda todo dicho.
Reverte, como todos vosotros, tiene por instinto perseguir coches, y un día uno le rompió el rabo. Así, tal cual: lo llevaba colgando hasta que, seco sin duda, hace unos días se le cayó.
También nos ha contado que, un poco más abajo de su majada, hay una laguna que ni tú ni yo hemos encontrado nunca. Rodeada de alcornoques y encinas, allí se bañan sus perros.
Dice que es de las primeras que se secan en verano, pero aún vio dos parejas de patos que criaron, y cómo los patitos les seguían.
Mires por donde mires, se ve belleza, aunque estos de la saca —con sus coches, tractores y camiones— estén destrozando los caminos y la joven carretera. Como dice un humorista: «las que entran por las que salen».
Y como el propietario es el Ayuntamiento de Calzadilla, con lo que saquen del corcho, tendrán que reparar los desperfectos.
