Conversaciones con Bingo El fino hilo de la confianza

Conversaciones con Bingo El fino hilo de la confianza

Llevo unos días intensos, Bingo. Seguir lo que los amigos escriben o dicen en los medios es enriquecedor, aunque a veces aparecen personillas, no por la estatura sino por la pequeñez de su conocimiento, que atacan y reniegan de sus propios compañeros. Eso me hace escuchar con más atención a quienes de verdad saben.

Has visto, Manolo, ese que dice que no le gustan los de tu especie, viene a pasear con nosotros. Y yo sé que, aunque no lo confiese, te va queriendo.

Sabe mucho de toros y, hoy, cuando salíamos, nos quedamos mirando los novillos de José Luis. Si no se tuercen, que espero que no, hay unos coloraos que apuntan maneras por cara y belleza. Te diré la verdad, me recuerdan a Alcotano, aquel que eligió Sara en 1999 y que corrió las calles de la vieja dama. Herederos de los de mi recordado Chuchi, con cuya familia sigo teniendo la suerte de sentirme cerca.

Ayer volvimos a Zarza la Mayor. Su amigo Emilio Rey, al que yo siempre llamé “El Pato”, con sesenta y un años tornaba, porque la estúpida administración le obligaba para poder jubilarse. Fue digno, y como dicen, “donde hubo, retuvo”. Me alegró verlo. Me recordó a Juncal de la célebre serie, o quizás a un caballero de los que cantaron los poetas.

Los gansos del Nilo han llegado a la laguna. Cuando extienden sus alas, ese blanco sobre el gris, y lanzan su graznido —porque no sé cómo llamarlo de otro modo—, rompen el silencio. Se acerca el otoño, el cambio de tiempo es seguro. Tú lo sabes bien, Bingo, porque los alcaudones han dejado de oírse y ya emprendieron su viaje hacia África. Les deseamos más suerte al cruzar el Estrecho que a los hombres, mujeres y niños que, en pateras, lo cruzan en sentido contrario.

Ayer me llamó la atención una chica con una gran cámara y un superobjetivo. Seguro que captó en sus fotos el alma de los participantes. En sus uñas llevaba pintada una mariposa, algo raro para mí, que no entiendo de esas cosas. Le pedí permiso para fotografiarla, pero no se me ocurrió preguntarle su nombre. Eso sí que no tiene perdón.

Hoy me encontré con Anselmo, de Villanueva de la Sierra, al que hacía tiempo no veía. En su día creó un museo de la masonería y ahora anda por tierras de Málaga. Tiene ganas de conocerte y lo hará. Sabes que ya no tengo tiempo que perder en conversaciones vacías, pero con él me siento a gusto.

Él, que lee todas nuestras reflexiones, me hizo una pregunta:

—¿Por qué Bingo pasea por la dehesa con esa correa unida a ti?

Le expliqué que en estas conversaciones todo tiene un sentido que se debe buscar. Es cierto: vas sujeto con una línea tan fina que podrías romper sin esfuerzo, pero no quieres hacerlo. Aunque fueses sin ella, hay un hilo invisible que une nuestros pensamientos.

Las uniones verdaderas, Bingo, no necesitan líneas ni cadenas. Nunca fue necesario firmar ante notario para ser amigos, para ser pareja o para caminar como eternos solitarios.

Hoy decidí quitar ese fino hilo, pero tu fidelidad te mantuvo a mi lado. Anselmo, que ha vivido mucho, lo entendió de inmediato.

Tenemos que describir a nuestros amigos los actores que cada día se cruzan con nosotros en los caminos de este maravilloso escenario que es la dehesa.

Hoy no estabas del todo bien, Bingo, tal vez por el cambio de tiempo. Cada día descubrimos, desgraciadamente, cómo este escenario es también lugar de muerte: la de un becerro o la de una encina que empieza a mostrar sus hojas pardas, esperando el golpe del viento que pronto llegará a los chozos.

Sabes, Bingo, en verano los chozos están bonitos y llenos de vida. Y tú, desde tu casa, ves de noche las luces que iluminan los caminos. María los mantiene hermosos, y quienes llegan hasta aquí la aprecian. Tú y yo nos sentimos orgullosos de ella.

Mañana, Bingo, hablaremos de esos otros personajes: quizá del zorro, o del gallo inglés que te despierta cada mañana.