Conversaciones con Bingo Hoy es el día de María
Te está sorprendiendo que estos días te pille casi dormida, pero sabes, Bingo, cuando nos hacemos mayores —a pesar de no tener más horario que el que nos proponemos— los humanos dormimos menos. Puede ser que también los problemas de los otros bullen en nuestra cabeza, o simplemente que nuestro termostato viejo y cansado regula mal la temperatura del cuerpo.
El calor obliga a que busquemos el refugio de casa, y con las persianas bajadas y las ventanas cerradas, intento impedir en lo posible la entrada del bochorno al que tendremos que acostumbrarnos.
Cuando era chico, me escapaba de casa en plena canícula, a la hora de la siesta, cuando las calles de nuestra amada Coria eran de tierra y piedras —de esas que aquí llamamos “gorrones”, que no son otra cosa que cantos rodados del río—. Como te decía, Bingo, nos íbamos a jugar a la plaza del ayuntamiento y era normal oír las cigarras moviendo sus élitros con estridencias sonoras. Allí había un termómetro enorme —seguramente para mi tamaño de entonces— con una chapa blanca donde, en negro, estaban marcados los grados. Un tubo de cristal contenía mercurio que, por dilatación, subía. Había muchas tardes en que se quedaba parado tan alto que luego le costaba bajar.
La refrigeración era la del agua fresca de un botijo, que sudaba por fuera el barro de tanto calor. Seguramente comprado a “los cacharreros” y fabricado por Luis o César, cocido en los hornos de alfarería de la calle que bajaba hasta San Nicolás de Bari, hospital de enfermos creado por el Obispo de Coria.
Entonces no sabíamos de olas ni de golpes de calor, ni de neveras ni de hielos. Siendo ya mayorcito se pudieron empezar a comprar helados de limón de la Basí, y excepcionalmente algún helado al corte en casa del señor Aldana.
Pero los tiempos cambian —que es una barbaridad—. Hoy nos alarmamos por todo y no nos preparamos para mirar atrás. No pasa nada. O nos adaptamos, o desaparecemos.
Hoy es un día especial. Una de las personas que más quiero —porque solo se ama de verdad a los hijos—, María, la que te cuida conmigo, hace años.
Un día caluroso también, hacia las cuatro de la tarde, en el recién abierto hospital de Coria, venía al mundo. No sé —y no debe ser— para llenar un José María que se nos había ido… no lo sé, pero fue maravilloso.
Es verdad que uno, o al menos yo, discuto con ella. ¿Porque me importa? ¿Porque nos parecemos? ¿Porque somos Cánceres de horóscopo y, por tanto, soñadores?
Ella, además, es buena gente. Quizás arranca los proyectos y les pone más corazón que conocimiento, y luego se siente defraudada en mitad del camino.
Bingo, no lo sé. Pero la quiero mucho, y tú también la quieres. Además, nos dio la alegría de Sergio. Eso ya es otro nivel.
Hoy mi amigo Manuel Rivas está chunguillo. Escribe bien —él se considera, y lo es, escritor—, le gusta pintar y sabe casi de todo, especialmente de toros. Cuando me despierto, siempre busco su publicación y lo leo. Algunas veces no me gustan sus textos, pero para gustos, los colores.
Un abrazo, a mi manera. También lo quiero un poco.
