Conversaciones con Bingo La esperanza verde y el humo negro
En ocasiones es bueno que lo bello permanezca oculto a nuestros ojos. Solo de esa manera no conseguiremos hacerle daño. Es una verdad, triste verdad, que practican los humanos. Tú, sin embargo, Bingo, respetas el paisaje. Incluso cada vez que cagas o meas, rápidamente con tus patas traseras lo tapas o lo entierras, como haces con la comida que te sobra o el trozo de hueso que no comiste, para volver más tarde a buscarlo.
Era un valle prácticamente inaccesible. Solo los seteros se aventuran a entrar por sus pequeñas veredas, muchas veces hechas por los ciervos o los jabalíes, abundantes, en busca de los boletus y los níscalos.
Alguien, seguramente sin mala intención, decidió abrir senderos y hasta una carretera paisajística. El resultado: facilitar al idiota de turno… Me niego a pensar que, como ya se acabó la madera quemada de los incendios anteriores, hayan sido ellos la mano que mece la cuna y que, por treinta monedas de plata, el idiota haya vendido su casa.
Ahora son muchos los que hacen enormes esfuerzos para minorar los daños. Ahora son los vecinos de las alquerías, que ven peligrar sus casas y sus animales, los pequeños huertos caseros que ahora comenzarían su producción.
Las lágrimas, una vez más, inundan los ojos de esa mujer hurdana, que sacó a saco, piedra a piedra y esportilla a esportilla, robó tierra de donde la había para, abancalando, conseguir el huerto y los olivos que ahora se queman.
Bingo, los chozos de la dehesa están a cuarenta kilómetros, y se ve el humo que tapa la sierra, como otros días la tapan las nubes y la niebla. Y huele a madera de pino quemada, y a madroño, y a quejigo.
Bingo, no sé si esto es una reflexión o la necesidad de contarte mi indignación. Me revuelve las tripas y me aprieta el corazón.
Hoy, Bingo, llegamos hasta la laguna, que hasta ahora permanecía oculta a nuestros ojos, y nos enamoró.
Una cabra solitaria buscaba el frescor de la sombra, y tú, como si la conocieras de toda la vida, jugando con ella. Después, ese baño y esa persecución de cangrejos que en ella abundan.
Por cierto, no sabía que te gustaba el marisco, hasta que te vi comiendo un cangrejo que se había quedado fuera del agua.
Se oyen las cabras y ladrar los mastines, y en dirección a Las Hurdes vuela sobre nosotros un hidroavión y un helicóptero. Suerte y gracias por ayudar a salvar esta perla de Extremadura.
El humo que viene de Penamacor se junta con el de Pinofranqueado y oscurece el cielo. Me queda la esperanza de que ahora se ve más blanco que en las primeras horas de la mañana.
Ante la idiotez de los seres humanos, Bingo, queda la esperanza verde.
