Conversaciones con Bingo La hornilla encendida y los secretos de Cris
Hoy dejaron abierta la puerta de la hornilla que devoraba las gavillas de jara de la dehesa, y el calor del fuego, junto con el olor de la resina, me inundó los sentidos. Por unos instantes, estábamos en nuestro paraíso… Bueno, Bingo, nuestro, de nuestra amiga Cris, de sus perros y de sus cabras.
Los recuerdos me llevan a cuando, en verano, mi hermano Clemente y yo teníamos que sustituir a los panaderos que cogían sus justas vacaciones. Entonces las noches se pasaban en vela y, entre masa y masa, con Valentín —hombre que merecería una conversación para él solo, y que te contaré algún día— o con Paulino, nuestros sueños eran cortos y se echaban encima de los sacos de harina o incluso sobre las gavillas. Las botellas de cola y los cafés fríos eran nuestro sostén para aguantar el trabajo.
Alguien, Bingo, se dejó la hornilla abierta.
Esta madrugada, al contrario que ayer, no había silencio ni silencios en la dehesa. Últimamente, Bingo, estás nerviosa… Claro que tú también sientes el calor, y al llegar a la laguna del Majadal lo has dado todo: te has metido hasta que has tenido que salir nadando y, como es últimamente tu costumbre, te has sacudido a mi lado.
¿Cómo sabes que necesitaba refrescarme?
Pero hoy, que tenía que hacer mandaos, me has puesto perdido y maquillado de barro de la laguna. Hasta podríamos vender que tiene propiedades terapéuticas, y algún ingenuo —o quizás algún aprovechado— intentaría hacer negocio.
La entrada fue surcando el arroyo, ahora seco; la salida, por el camino que lleva al aprisco de las “Bomberas” que dirige Cris.
Cuando llegábamos al asfalto, salía Cristina con su “coche” y se paró para hablar con nosotros.
Yo, que ya soy viejo y me vuelvo intransigente —y tú lo sabes—, no tengo tiempo para perder en conversaciones que poco me aportan. Pero, he aquí, que creo que se nos fue el tiempo sin darnos cuenta, en nuestro paraíso… Podría haber pasado horas escuchando y hablando con esta joven mujer.
—Cristina, una pregunta… ¿Qué diferencia hay entre una pastora y una cabrera?
—Tendremos que mirarlo en Google —dijo, sonriendo.
—Cris, mejor en el María Moliner —contesté.
Era un espectáculo propio de una escena de esperpento, o incluso franciscana: rodeados de un montón de perros y de cabras que buscaban el rastrojo, mientras ella debería guiarlas.
Nos dormimos pensando y charlando sobre lo sustancial y lo insustancial, así que, sin encontrar el momento del “hasta luego”, ella apagó el cigarro. Yo no fumo, pero no me molesta ese humo controlado.
No sé si por efecto del humo o de algún recuerdo, unas pequeñas lágrimas afloraron en la comisura de unos ojos que pretenden ser duros pero que son tan vulnerables como los cachorros de Border Collies que quiere regalar, primos lejanos de Bingo. Son preciosos y seguro que tan inteligentes como sus padres.
A la vuelta ya nos pilló el calor de pleno, Bingo. No se puede tener todo: buen rato de conversación y volver temprano no son compatibles.
Nos ha prometido enseñarnos otra laguna, y lo cumplirá, porque hoy nos reveló secretos que seguramente sólo sabremos tú y yo… y que guardaremos celosamente.
Detrás de ella, atento, escuchaba “El Pirata”, el perro que pertenecía a su padre y que ahora la acompaña a todas horas sin separarse de su lado. Seguro, Bingo, que al oído y a través de él, nuestro amigo el cabrero, desde la otra dimensión, le da consejo.
Sé que podríamos seguir contando cosas, pero con Cris lo que pasa en nuestro paraíso… se queda en él.
Solo os pido, a los que nos leéis con cariño, que difundáis que esos dos cachorros necesitan una casa. Si no la encuentran, seguirán en la dehesa, pero preferiría que alguien —en soledad o acompañado— pueda disfrutar de su compañía.
Hoy solo acompañaré esta conversación con la foto de tus primos. ¿Te parece bien, Bingo?
