Conversaciones con Bingo La noche en que la guitarra bordó la catedral:
Bordaron de colores la fachada de la Puerta del Perdón, y por la de los pecadores —que siempre es la izquierda mirando desde el altar mayor— apareció, guitarra en mano, Aniello Desiderio, un guitarrista, profesor y concertista de reconocido prestigio mundial.
Lo bueno de este festival y concurso es que los profesores y los alumnos se sientan a tu lado para escuchar los conciertos.
Anoche, delante de mí, una joven con largos cabellos y un precioso tatuaje de una guitarra en su omóplato. Hoy será ella la que se ponga delante del público que la escucharemos llenos de atención: una mujer ofensivamente joven y con una carrera como concertista excelente.
Me gustaría que vierais cómo lucía esa fachada, con sus verdes, rojos y azules que, como pompas de jabón, acompañaban al maestro Desiderio.
Cómo suena, aunque desgraciadamente con amplificación debido a la terraza del Duque y al poco respeto de algunos de sus clientes, a los que se les oía decir: “Mira, papá, ¡er Paco de Lucía!”. Hasta el maestro, que lo escuchó, esbozó una sonrisa; como buen italiano, entiende la situación.
Sonó Albéniz, Granados, Tárrega, Moreno Torroba… aunque no faltó un guiño, entre tanto, a su paisano —casi turco— Carlo Domeniconi.
Música española para guitarra de paseo por los distintos rincones de nuestra geográfica piel de toro.
Siempre se dice que “de esos polvos, estos lodos”. Anoche —no sé si alguno lo recordaréis— yo era demasiado joven, pero aún tengo vivo el recuerdo de una ocasión en que, como promoción supongo que del régimen de la guitarra española, trajeron al Cine Montero —que estaba donde se encuentra ahora El Medieval— lecciones y conciertos de guitarra de dos de los grandes de la historia.
Recuerdo con especial cariño a Segundo Pastor, bajito y regordete, al que hice una pregunta imbécil, como muchas de las mías:
—¿Profesor, tengo las manos pequeñas, podré tocar la guitarra?
La respuesta:
—¿No ves mis manos y mis dedos rechonchos? Y creo que suena bien.
También, con su guitarra especial de mástil ancho y con más cuerdas de las que cabía esperar, otro grande de la guitarra nos deleitó con sus composiciones, que hoy oímos en las manos de estos profesores.
Gracias por poner mantilla de blonda a nuestra catedral, y gracias al alcalde de Plasencia que, en su día, cuando este festival se había iniciado allí y en su segunda edición renunció a seguirlo financiando, entonces José Antonio Mora apostó por traerlo a Coria, y ya van veintiocho años.
Ayer también estuve con Carlota, una niña mitad coriana y mitad cordobesa, que me llama “abuelo santa” y —para qué engañaros— se me cae la baba con esta criatura.
Al final del concierto, como siempre, Patricia y Félix, que abrió y cerró la puerta del río y calmó un poco el calor de cuando comenzó el concierto.
Una cervecita sin alcohol para refrescar el gaznate, y cuando la carroza se comenzaba a convertir en calabaza y la princesa perdió el zapato, llegó la hora de intentar conciliar el sueño.
Después de lo oído, y tras recibir una llamada de Jesús Lozano —amigo con el que reflexionamos sobre su obra Un puente al más allá— el dios Morfeo tomó cuenta de mí hasta las seis, como todas las mañanas.
Bingo, sin quererlo, hay días perfectos, y aunque no es nuestro estilo, sentimos darle envidia a los envidiosos.
Mañana les contamos a nuestros amigos sobre la laguna y las cabras, y sobre nuestro amigo el árbol que se rindió esta madrugada.
