Conversaciones con Bingo La sorpresa de cada día
Hoy no esperé a que amaneciera. El calor de ayer y la noche en Coria te hace dar vueltas en la cama, con infinitas posibilidades de no pegar ojo. Deseas levantarte y venir hasta la dehesa; aquí siempre corre la brisa y la temperatura es cuatro o cinco grados menor que en la ciudad y su asfalto.
Hemos salido, y al poco te he visto dar un salto sobre las cuatro patas. Creí que algún pajarito gorrilato caído del nido era tu juguete de la mañana, pero te has alejado como perseguida por un rayo. Cuando me acerqué hasta el lugar, la primera sorpresa del día: un enorme escarabajo, con unas antenas propias de langosta marina, era el causante del susto. Un cerambícido, un insecto que deposita sus huevos en las encinas y alcornoques, y los acaba matando desde dentro. Todo, todo tiene marcada su fecha de caducidad, aunque se nos borre del sistema.
Hoy se han acercado dos nuevos amigos a saludarnos, dos cachorros nuevos de Cristina con su madre. Han recibido su primera golosina y se han dejado fotografiar. Con los perros en la dehesa no pasa como con los árboles: en el caso de estos últimos, no se cumple la tasa de reposición.
A veces pienso que debería llevar a mi lado, de continuo, el María Moliner.
Es increíble cómo, cuando vamos divagando, nos perdemos en la dehesa… y también descubrimos. Como esos pilones que servirían para que bebiera el ganado, si no fuera porque es más barato que beban mientras haya agua en la laguna.
Cuando al fin te has metido en el agua, la imagen era tremenda: las cabras y las vacas bebiendo evocaban escenas de los documentales. Esta mañana, el silencio era especial. No se oían a los de la saca de la corcha, que estaban de fiesta en su pueblo. Los mugidos de las vacas, alrededor del lugar donde tienen encerrados los becerros que se llevarán a los cebaderos, eran aterradores. Por un momento, Bingo y yo nos hemos mirado y hemos pensado en esos niños gazatíes, palestinos, ucranianos, o de cualquier otro lugar del mundo que son llevados en brazos por sus madres, buscando un refugio y una mínima explicación de esperanza.
No podemos ni queremos entrar en la sinrazón de la razón de los dictadores demócratas. No vamos a entrar en ella, pero elevamos nuestros ojos… y se entristece nuestra mirada pensando en ellos.
La vida, Bingo —y no solo la de los humanos—, es como las olas: vienen y van hasta la playa, unas veces suaves, otras violentas. Pero a pesar de ello, nunca hay dos olas iguales.
Anoche también fui al cofre que guarda la belleza. El concierto del brasileño Lora me hizo recordar a mi viejo amigo Carlos, o incluso a António Guterres, que paseando por Idanha-a-Nova me dijo hace muchos años: «Tu, José María, falas portunhol». Como digo, Douglas, con su acento brasileño, me lo recordó. Trajo aires que solo puede traer quien lleva el ritmo en la sangre y, en el corazón, una guitarra. No solo por sus interpretaciones, sino por las obras compuestas por él: esas diez pequeñas piezas escritas, una cada día, antes del nacimiento de su hija; y también la dedicada a su mujer, Estela. Si después de escuchar esa obra no se enamora de él, es que no tiene ni oídos ni corazón.
Genial. Muito obrigado por ter vindo até aqui a deleitar-nos com a sua música.
Esta noche acompañaré a un amigo y faltaré a la cita musical.
Hoy vuelve a ser un día triste para mí. Después de tiempo sin saber de ella, me acaban de decir que se fue a escribir poemas a su Cristo de la Agonía… en directo. «Sor Lagarta», que firmaba sus escritos como hermana franciscana María Teresa, una buena y cariñosa monja de Calzadilla.
Gracias por tu vida de ejemplo y por las oraciones que hiciste por mí y los míos. Se puede creer más, menos, o nada… pero cuando alguien te tiene en su mente, te llega su energía.
Bingo, hoy nos vamos a despedir quedando muchas cosas en el tintero, con el saludo franciscano y un recuerdo a Sor Teresa:
Paz y bien, hermanita.
