Conversaciones con Bingo La terapia del escenario
Hemos llegado hasta la laguna. Decidimos sentarnos sobre unas pizarras que hace pocos días parecían galápagos disfrutando del sol.
Como siempre, Bingo, has entrado entre el fango y el agua y, después de beber, me has plantado tus patas encima. ¡Vaya! Otra camisa a la lavadora.
Alrededor de nuestro asiento, el frescor de la hierba húmeda; tú, a la sombra, aunque la temperatura es agradable.
Bingo, tengo que pedirte perdón. Ayer recibimos un mensaje de un amigo sobre nuestras conversaciones, y yo lo copié y lo subí a la red. Qué falta de humildad… lo siento.
También Antonio Mora nos dijo que muchos amigos nos leen en sus periódicos, y que podríamos dedicarnos los dos a dar conferencias. ¡Qué espectáculo! Tú mirándome fijamente y, de vez en cuando, respondiendo: «¡Guau, guau!» Qué ideas tiene este amigo…
Anoche, como todas las noches, fui al teatro. Por fin, como el bálsamo de Fierabrás o ese ungüento chino que quita el dolor y cicatriza quemaduras, una obra logró que me olvidara del mundo y sus problemas.
Después de las magníficas, pero trágicas, representaciones de Ricardo III, donde solo hay muertes y traiciones, Javier Uriarte y sus compañeros me arrancaron sonrisas… y tú sabes que eso, Bingo, lo vendo muy caro.
Su actuación, llena de chispas y personajes del Siglo de Oro, fue interrumpida varias veces por aplausos. El final —no sé si Javier subió o bajó al escenario con sus compañeros— fue apoteósico.
Ya es raro, pero fue profeta en su tierra, y yo me siento orgulloso de tener paisanos con semejante proyección, nacional e internacional.
Quienes se perdieron esta representación, perdieron una magnífica oportunidad.
No sé si por la paridad o por la parida, eran dos chicos y dos chicas con una actuación soberbia. La música en directo, el dominio de los malabares… Solo puedo decirte, Bingo, que volveré a verla en cuanto tenga ocasión.
Ya se lo diré a Javier cuando lo vea.
—Dice Bingo: «¿Y por qué no haces una obra donde puedan asistir las mascotas?»
—¡Ay, Bingo! Las locuras que se nos ocurren cuando las sonrisas se convierten en la mejor terapia para curar las heridas del alma…
Y heridas, tú y yo sabemos que las tenemos.
Anoche, durante algo más de una hora —que se hizo corta—, nos las calmasteis.
Gracias, Javier. Gracias a ti y a tu compañía, porque esa escalera que subiste solo tiene peldaños hacia arriba.
¡Ah! Patricia no cerró la puerta… pero ya fuimos preparados. Gracias por las fotos. Anoche, hasta Carlos Canalo inmortalizó el momento, también Pedro Albalá. Pero yo solo puedo compartir las que me pasó Patricia. Gracias a todos.
¿Dónde tienes la próxima?
Sin duda, eres mi candidato a Coriano del año.
