Conversaciones con Bingo La tormenta el miedo de Bingo
La tormenta corría hacia el oeste, sobre la Sierra de Gata y las tierras de Robleda.
De vez en cuando, los rayos iluminaban el horizonte, saltando entre las negras nubes y de ellas al suelo.
Le acompañaban los truenos que atemorizan a Bingo; hoy está asustada y no se separa de mí.
El aire del este, a veces fresco, traía consigo un olor a tierra mojada que aún no había llegado aquí, como si el campo respirara desde lejos y nos enviara un aviso de lo que vendría.
Bingo, con las orejas tiesas y la mirada fija en el horizonte, parecía medir la distancia de cada trueno. Yo, en silencio, observaba cómo la línea oscura de la sierra se recortaba con cada relámpago, como si una mano invisible dibujara y borrara el paisaje en cuestión de segundos.
Anoche, María José y yo vinimos preocupados por los fuegos que deflagraron como consecuencia de los rayos. El agua que acompañó la tormenta sirvió para apagar las llamas y fijar el polvo de los caminos.
En una corcha aún quedaba un poco de agua, que tú, curiosa, fuiste a beber.
El musgo se despertó de su letargo y de la siesta estival con las gruesas gotas que fueron cayendo.
Hemos ido hasta la laguna y nos acompañó Sara, a la que noté rara: estaba tendida en medio de la carretera, sin ganas de moverse. Puede que esté llegando su tiempo de parto.
Ayer nos descubrieron un secreto y estamos deseosos de encontrar esa otra charca, pero sobre todo de ver alguna avutarda; según nuestra amiga, puede que las haya.
Te dejo, Bingo. Espero que esta noche no haya tormenta y no tengas miedo. Yo estaré lejos, traspasando la Raya. Los de la saca recogieron sus últimos corchos y se marcharon a otras dehesas.
Vuelve el silencio de la sinfonía inacabada. Portugal también se quema… o lo queman, porque primero vacían las tierras de sus buenas gentes y después las prenden. Alguien, en algún lugar, se frota las manos y se llena los bolsillos
