Conversaciones con Bingo Las lecciones del amigo
Cuando hemos llegado, ya sabías que no venía solo. Has dado unos ladridos de aviso y, cuando se acercó a ti, rápidamente reconociste su figura. Tu olfato, infalible, detectó enseguida a su Misifú, ese al que, entre despectiva y maliciosamente, a veces llama “Perro Sánchez”. Le gusta venir a la dehesa, posiblemente —o sin posiblemente— por las veces que pateó estos caminos buscando el oro de las amanitas cesáreas o la fragancia de los boletus, que tú, Bingo, y yo también encontramos en los otoños.
La dehesa tiene un olor especial en esa época y te vuelves loca con tantos aromas.
Nuestros amigos —porque son dos— pasaron por la curva y no nos esperaron. El otro día se asustaron al ver a Manolo, y hoy ni aparecieron. Uno ya cambió el pelo y luce la cola en todo su esplendor; el otro aún tiene el apéndice sin cubrir, y da una imagen lastimosa.
Caminar con Manolo es como llevar una enciclopedia y un libro de historias bajo el brazo.
De repente, ve un pájaro que sobrevuela la laguna y suelta sin pensarlo:
—Ese pájaro es un chorlitejo. No se está quieto nunca y viene como los mafiosos del Este a pasar el verano y el invierno aquí.
Lo miramos, nos miramos, y nuestros ojos, Bingo, no se salen de las órbitas por pura física de músculos y nervios faciales.
Seguimos rodeando la laguna, y entonces nos explica el muro de piedra seca. No sé cómo se llama la laguna, pero como nos la descubrió Cristina —por su belleza y su sombra— la llamaremos como ella. Bueno, igual algún día, “cuando le dé la vida”, se viene de paseo con nosotros y nos enseña las bellezas ocultas a nuestros inexpertos ojos. Puede que hasta nos lleve a ver patos… y avutardas. ¿Sabes que puede haber avutardas en la dehesa?
En otro de los muchos momentos del paseo —en los que, en gran parte, nos limitamos a escuchar— Manolo dice solemnemente:
—En Coria están prohibidos los cerdos.
Dicho así, si hay algún cerdo o cerda, sea yorkshire o ibérico, que se vaya de la ciudad.
Luego nos cuenta cómo un día acabaron con su oficio de ganadero de suino. ¡Ja, ja, ja! Y tú, Bingo, lo miras espantada:
—¡Guau… Guau…!
Mi única respuesta, después de que nos hablara de la limpieza de los cerdos, de una cerda con la que jugaba y que tenía celos de quienes se le acercaban, fue:
—Entonces estaba predestinado que un día escribieras esa maravillosa novela que es El Marrano de San Antón.
¡Cómo disfruté con su lectura! Recomendable totalmente. Transcurre en La Alberca, donde un día de San Antón le vistieron de charro y le hicieron un homenaje.
Hoy incluso dio unas pinceladas sobre la política municipal, pero eso mejor lo guardamos para nosotros tres. No vamos a hacer spoiler —bueno, mejor dicho, no vamos a contaros el final— ni de la novela, ni de lo que piensa de la oposición. Cada uno puede poner el final que le guste.
Vamos a repetir estos paseos. A él y a nosotros nos vienen bien, y se nos hacen cortos.
Anoche volví a sentarme en el banco de madera que está el primero, visto desde el altar, a la izquierda de la nave de la catedral. Ya sabes, Bingo, según la historia de la Iglesia, ahí se sientan los pecadores, porque a la derecha del Señor se sientan los santos y los justos.
Bueno, intentaremos hacer méritos para cambiar de fila, pero allí me siento desde que los conciertos del Festival de Guitarra se realizan en la catedral. Antes, cuando eran en la Casa de Cultura, no había ese dilema.
Igor —creo que fue el año pasado— dio un concierto espectacular, y posiblemente me quede corto. Me gustaría compartiros algunas de las piezas, especialmente una jota que dura diez minutos y que, seguramente, será difícil de acompañar con este texto. Nos regaló, como en los últimos conciertos, un bis. ¿Sabéis cuál?
Asturias. No podía ser otra. Está de moda, y es una tierra que me encanta.
La foto que saqué de Manolo con Bingo —a quien impone respeto y hasta obedece— os la podéis imaginar: Manolo, con los pantalones que ahora le sobran por todos lados después de la operación “barrotes de San Juan”, ya entra por todos… y Bingo mirándolo con cara de cordero degollado.
Seguramente, mañana o pasado seguiremos aprendiendo mutuamente los tres.
