Un cuento, después de algunos días de silencio, sin musas ni cornamusas, quizás un poco largo, quizás inventado o no, pero que tapado con la falda de la camilla puede ser entretenido.
Cuando ocurre, que las musas te abandonan:
En ocasiones ocurre, tú musa o tus musas, te abandonan a tu suerte, entonces se convierten en Cornamusas. Existen al menos, dos clases de cornamusas, una es la pieza que se pone en los barcos, para atar y sujetar las cuerdas. La otra que, es la que me interesa, proviene del francés, “cornemuse”, que está formada, por “corne”, cuerno y “muse”, (divertirse o vagar), es en definitiva un instrumento musical de viento, de doble lengüeta, (dos lenguas, dos bocas, hablar el doble y escuchar la mitad).
Me quedo con el verbo, vagar. Vagas por esas calles estrechas, sinuosas, donde la luz del sol hace auténticos esfuerzos para llegar, donde, aún retumba el sonido de las ruedas de los carros, sobre los cantos rodados que forman el pavimento de las calles.
En el centro, siempre, esas lascas cuadradas, rectangulares, siempre pulidas del pasar de los años y los siglos, esas “regateras”, imprescindibles, para evacuar el agua de la lluvia, y las otras aguas. ¡¡Agua va!! Y claro que iba, que tenías el tiempo justo para ponerte a salvo.
En la calle Tenebrosa, que ese era el nombre, de la que después se llamó Francisco de Zayas, vivía una familia; cuya ocupación, era, con el burro y los cantaros recorrer las calles de la ciudad y los arrabales; recogiendo las aguas menores, que en muchas casas, se guardaban después de pasar la noche, en el orinal, “la bacinilla” con tapa de madera, para no dispersar el “perfume”. Era la forma de ganarse el sustento, porque luego, las acercaban a la orilla del rio Alagón, donde existían las tenerías, en ellas, eran usados los orines, en el encurtido de pieles y en la fijación de perfumes.
Junto con las tenerías, existían enormes alambiques, con los que se obtenían, los aceites esenciales, de las plantas aromáticas, que criaban las orillas del río: el poleo, la hierba buena y la hierba luisa. Otras más, del secano, cuyo aroma aún recuerdo, inundaban las calles, cuando desde la Catedral, transportaban al Santísimo. O recibían en la puerta del Sol, a la Señora de Argeme. La lavanda o el cantueso, me decía Lazarito, que cuando partías su tronco, en las fechas de la Pascua, sus cuatro nervios morados representaban la cruz de los cristianos, Para mí, sin embargo la reina, aquella que de muchacho saciaba la sed, y quitaba el mal sabor de boca, era el Hinojo.
¡Aprendía tanto!, Con el niño de los pies descalzos, cuando no llevaba, sus humildes albarcas, desharrapado, con una especie de camisa llena de “lamparones”, unas calzas rezurcidas, que se sujetaban por el hombro con una correa de cuero; que le habían dado, en la tenería, como regalo de la pascua judía.
Era, Lazarito, un niño, resucitado por el hambre. Había aprendido a conocer todos los árboles y arbustos que le quitaban sus penas, las raíces y los hongos, cuando le preguntaba, siempre me contesto lo mismo:
Todo se puede comer una vez; lo peor, que no se pueda, repetir el plato.
Como mucho, era adelantar la fecha, para la que siempre estaba preparado.
Cuando terminaba la tarea de la mañana, con su padre, Fenando, (No, no era un error ortográfico, es que el aguacil que lo inscribió, en la parroquia de Santa María, no pronunciaba la “R”, o ese día también tenía hambre), cosa habitual en Lazarito. Se encaminaban los dos a buscar la salida de los capachos donde apretaban las aceitunas, en los lagares, era común, que se soltaran los alpechines que iban a parar a los regatos.
Muchos con maderas, hacían pesqueras para recoger las grasas que le sobrenadaban, con ellas y con las cenizas de las lumbres y braseros, preparaban, jabón casero. Que no usarían para lavar su ropa, sino, para conseguir unos maravedíes, con los que comprar el trigo. Fenando y Lazarito, luchaban por las mejores posiciones, que eran las más próximas al lagar, algunas veces, si la suerte les acompañaba, llevaban un pan recogido, reciente de la hornada de la calle del mismo nombre, y con la compasión del Aceitero, les dejaba meterlo, en la pila del aceite caliente. Ese día hasta tocaban las chirivías y los tambores.
Siempre fueron las tenerías, propiedad de los judíos, que solo cuando la expulsión, vinieron a parar a manos de los cristianos.
La calle Tenebrosa, terminaba en el hospital de San Ginés, en la parte interior de la Puerta Nueva .Tenía salida desde el cerco, por el portillo de la Iglesia, que enlazaba con la calzada, que subía hasta la ciudad, por el lado de naciente, y al Castillo por la parte del poniente, porque ese edificio, que después fue Alcázar y más tarde Palacio Ducal, fue el verdadero Castillo que defendía el cerco.
Era el camino más corto, para que el niño, que a veces, más que conducir, tiraba del burro, llegara a entregar su mercancía.
En el poniente, estaba la puerta que siempre permaneció abierta en la ciudad ,con nombres tan bonitos como del Rey, de la Ciudad, de la Villa, pero sin dudar los dos que más me gustaron fueron de la Guía , que así comenzó a nombrarse , cuando hasta aquí, desde San Pedro, se trajo la imagen que despedía a los caminantes , o de la Estrella, este último, porque si te quedas esperando la puesta del sol en el solsticio, veras como desaparece la estrella justo por el arco.
No fueron pocas las veces, que Lazarito, tuvo que ir en busca de su padre, a la posada tugurio , que estaba, colada a la portona, donde el hombre ahogaba, en vino tinto, las tristezas de la soledad, e invertía , en borracheras; los maravedíes ganados en el día. Si no llegaba a tiempo, fueron más de dos los días, que no quedo para pan, siendo estos, de ayuno mayor, sin ser Pascua.
El tribunal de la Inquisición tuvo su sede junto a ese arco, el tribunal venía a Coria desde Llerena donde tenía la sede, pero siempre tuvo ojos y oídos en la ciudad, de hecho un túnel comunicaba los sótanos y calabozos de la sede, con la (posada –taberna) que se encontraba pegado al mismo arco, por la parte exterior, junto a las escalerillas que comunicaban con el arrabal, la calle de Cantarranas y el hospital de San Nicolás de Bari. Que también conocía Fenando.
Tristes vidas, en la ciudad de Coria, de quienes no eran monaguillos, ni sacristanes. Un día las musas y las cornamusas, decidieron aliviar el peso de los dos y los invitaron a viajar al mundo de nunca jamás.
Desde ese día se oye, doblar la campana de la espadaña del seminario viejo, y la cornamusa que anunciaba la llegada de Lazarito a la calle Tenebrosa.

