La sabana extremeña y los dragones del cielo: Conversaciones con Bingo
Aún no había amanecido. Mirando por la ventana que da al este, entre nubes oscuras se traslucía algún mínimo rayo de sol.
Bingo, amiga, cuando me dirigía a buscarte para el paseo, una perdiz roja, acompañada de una docena de perdigones —ninguno mayor que un puño y un suspiro— cruzaba la carretera. He esperado a que la atravesaran por completo. Después, se han perdido entre las jaras pringosas de la cuneta, esas que dejan escapar su perfume denso, esa resina que dicen sirve para fijar las esencias más nobles de la alta cosmética.
Al entrar en la dehesa, me ha parecido llegar a la sabana africana. Las hierbas, abundantes hace unos días, se han agostado de pronto y pintan ahora la alfombra y los tapices de ocres y sienas. Solo en las cuencas de los arroyos vacíos sobreviven algunas briznas de hierba verde, formando pequeños manchones que aún destacan.
Qué difícil respirar hoy, Bingo. Está raro el día. No se mueve el aire y hay un silencio que no rompen ni los mugidos, ni los cantos de las aves, ni siquiera tú, que sueles llamar al amigo Nerón cuando aparece.
—¿Cómo podemos ser tan cabezotas? —te he preguntado.
Y sin embargo, no te has negado a empezar el paseo, aun sabiendo —porque tú lo percibes— que yo no estaba del todo bien.
Al pasar junto al árbol caído donde a veces nos sentamos, hemos visto una fila interminable de hormigas. Marchaban en procesión tan larga como la del Señor de Sevilla, cargando semillas y granos. Otras, más grandes, corrían de un lado para otro como almas sin cabeza.
—Bingo, ¿será que presagian tormenta?
No hemos llegado a la laguna. Consciente, no has protestado. Desde el embarcadero verde donde ayer lloraban las vacas y los terneros, nos hemos dado la vuelta.
En el silencio de esta mañana, al pasar bajo una encina junto al camino, un zumbido nos ha detenido. Cientos, quizá miles de abejas, han formado una colmena en su tronco hueco. Las trabajadoras vuelan entre las flores de encina, haciendo miel de encinas y vida para los humanos. A veces, Bingo, envidio la comunidad que forman las abejas.
Nunca estuve en la sabana, y tendríamos que cambiar las encinas por baobabs y espinosas acacias. Pero lo he visto en documentales y en películas. Nuestro Kilimanjaro serían esos montes que hoy no vemos, los de la Sierra de Gata, claro que sin nieves perpetuas —de eso, en Extremadura, no tenemos.
De pronto ha empezado a soplar un viento fuerte y fresco. Llega desde el Atlántico, cruzando tierras portuguesas, levantando el polvo del camino y haciendo volar pajas y espigas secas. El cielo ha dejado caer sus lágrimas, como si de los ojos de alguna virgen negra escapara un alivio de penas.
Hoy, Bingo, es uno de esos jueves que relucen más que el sol. Quizás por eso salió nublado. Ya estarán preciosas las calles de la Arzobispal Toledo, preparadas para el paso de su inmensa custodia de plata. En Portugal también es feriado.
Sabes, amiga, tengo cosas que hacer, no puedo entretenerme. Pero me he puesto a mirar las nubes y, en su pareidolia, asumir que son dragones blancos y grises, cisnes y caballeros sobre corceles blancos.
—¿Tú no los ves, Bingo?
Haz un pequeño esfuerzo, míralos conmigo. Invita a tus amigos. Estaremos salvando el mundo de la fantasía y, con él, a la princesa infantil.
Vámonos, Bingo. Viene lloviendo y no te gustan las tormentas.
Ayer pasó la tarde conmigo Sergio, mi nieto. Nuestras conversaciones son como las tuyas. Hasta me dijo que su mujer —con ocho años ya estaba casado— lo había dejado con una frase lapidaria:
—“Adiós, ya no te quiero.”
Según él, acaba de ser un “ex”.
Mañana, Bingo, intentaremos llegar hasta la laguna.
