La víspera de San Juan Conversaciones con Bingo
El aire se llenó de una explosión de olores cuando las gotas golpeaban el suelo ya seco, y las ramas de las encinas, que ejercían de paraguas.
El viento, que había arrastrado las nubes, cambiaba de fresco a bochornoso. A pesar de ello, hemos decidido emprender el camino. Hoy, Bingo, no teníamos como objetivo llegar hasta la laguna; simplemente decidimos andar. Y al andar, se hace camino. Aunque en nuestro caso, si volvemos la vista atrás, sabemos que volveremos sobre nuestras pisadas.
Pero hemos llegado. Y tú te has metido en las aguas purificadoras de este día que se anticipa a la noche de San Juan.
Nos hemos sentado, esperando que alguna ninfa salga de las aguas, o que las ranas se conviertan en bellas princesas. Pero será el agua, las nubes… o quizás nuestra presencia lo que impide que se produzca el milagro.
De todas formas, como en el milagro de “PPTinto”, cualquier día puede pasar.
Mira, Bingo. Ayer me encontré con Pilar en «La Bella Dama». Me regaló un libro sobre Toledo y sus leyendas, y pude agradecérselo. Es una amiga que lee a este escribidor —bueno, nos lee, porque qué sería de mi inspiración sin ti.
Hoy cumplo años. Muchos años.
Tú quizás no repares aún en cómo se envejece en edad y se crece, a veces, en sabiduría.
Bingo, los goterones de agua en tu pelo negro no se notan, pero a mí me están calando… y comienzan a doler los huesos.
Gracias a los muchos y muchas amigas que tuvieron unos segundos para mí. Gracias.
Tú, como si fueras cauriense, te has encontrado el cuerno de un novillo y te has puesto a jugar al toro. Qué le vamos a hacer, si naciste en la dehesa del Rebollar, entre toros bravos a los que, con tus hermanos, hacías correr solo por el placer de verlos en estampida.
Pasa el tiempo. Tú te vas asentando y aprendiendo; yo, navegando hacia la otra orilla.
Que esta noche de brujería, de santos y de fantasía, os llene de amor y de paz.
Que el señor San Juan le pida al señor San Pedro que cuide de todos nosotros,
y que las hadas, los elfos y los querubines nos sonrían con cada gota de agua.
El aire se inundó de infinitos olores y el cielo se volvió gris plomizo. Desde el Atlántico llegaba el suspiro de los marineros… y de sus amadas.
