Lo reconozco, desde pequeño, y siguiendo el ejemplo de mi madre, me convertí en un lector insaciable. Todo me atrae a priori: los libros en papel, los que habitan en los e-books, o incluso los escritos que se escapan por las redes sociales. En estas últimas, valoro infinitamente más el sentimiento que las perfecciones filológicas. Suele ocurrir que quienes persiguen la expresión ortográfica perfecta carecen de imaginación y emoción.
Recuerdo que, hace muchos años, todos los fines de semana juntaba unas monedas —unos “cuartos”— para comprar un suplemento de El País. En él, un genio de la literatura en lengua castellana, don Antonio Gala, publicaba semanalmente Charlas con Troilo. Troilo era su perro, su confidente, su sombra fiel en los paseos y en los silencios de la reflexión y la soledad.
Inspirado por aquel diálogo íntimo, le he preguntado a Bingo:
—¿Te parece bien que comparta con nuestros amigos las conversaciones que tenemos?
Era muy temprano. El sol empezaba ya a calentar, incluso en la dehesa, en “Los Chozos, las flores de la dehesa”, donde siempre corre el viento. Íbamos buscando las hondonadas, esos refugios discretos donde aún perdura el frescor de los regatos secos.
Allí nos esperaba un sapillo. Sí, se había enterado de que escribí sobre él, y de que había confesado que me gustaban más las ranas verdes, en especial una ranita diminuta que lleva por apellido “San Antonio”. Su día será el 13 de junio, y sobre él también tendremos que hablar, querida Bingo.
El sapo estaba triste. Se quejaba del calor, de ese aire seco que le roba al rocío su última caricia nocturna. Cada vez le cuesta más sobrevivir. Y, sin embargo, afirma que esa es su vida: la de enterrarse y esperar mejores tiempos, saliendo solo en las noches en que la luna dibuja sombras sobre la tierra agrietada.
Mañana, al amanecer, volveremos a vernos. Ese será el signo de que la vida aún persiste.
Porque en esta sociedad nuestra, Bingo, decir “buenos días” o “buenas noches” es un acto de resistencia, un signo humilde pero firme de que seguimos vivos. Que no es poco.
—¿Qué piensas tú, cuando llegada la hora acostumbrada no aparezco?
Tal vez creas que ese es el día en que ya no volveré nunca. Pero, por favor, nunca pienses que te he abandonado.
Ay, Bingo… Por desgracia, hay seres humanos —o eso parecen— que abandonan a sus mascotas, a sus compañeros de viaje, incluso a sus viejos, buscando una libertad que confunden con el egoísmo. Luego dicen vivir su fe, y hasta se atreven a practicarla.
Dime, ¿cuántas veces tú, o cualquier otro amigo de cuatro patas, habrías abandonado a tu amigo, a tu compañero, a tu dueño?
—¡Guau, guau! —me respondes, moviendo la cola, negra como una noche sin luna.
Me marcho por ahora. Mañana nos veremos de nuevo, y seguiremos esta conversación que, poco a poco, se ha vuelto verdadera, hondamente biunívoca.
Hoy cumple años nuestro amigo Manolo, ese que pinta pájaros y toros. Tendremos que sentarnos con él —tres, tal vez cuatro— porque, en su soledad, también conversa con su gato. Seguro que tú te llevarás bien con él. Nunca será, como dicen, “como perros y gatos”.
Que pintes y escribas muchas historias, aunque no sean historia.
José María Rodríguez Santa

