Papeles para nacer, papeles para morir (Conversaciones con Bingo)
Buenos días, Bingo.
Los seres humanos somos burócratas. Para todo necesitamos papeles, para todo tenemos que ir a la ventanilla, registrar, entregar, sellar… Somos un poco estúpidos. Luego levantamos la voz para decir que amamos el medio ambiente, que lo defendemos y que queremos evitar la deforestación. Todo mentira.
Recuerdo el capítulo de El Principito —sí, Bingo, nuestro amigo pequeño de rizos de oro— en el que llega a un planeta donde se encuentra con un astrónomo y le pregunta:
—¿Cuál es tu ocupación?
El astrónomo responde:
—No me distraigas, porque puedo equivocarme y tendría que volver a comenzar la cuenta.
Como sabes, el pequeño —como nosotros— no se da fácilmente por vencido e insiste.
Contesta el astrónomo:
—Cuento estrellas para saber cuántas hay.
—Pero si hay infinitas estrellas, no acabarás nunca.
—No importa. Mi profesión es contar.
Pues eso nos pasa a los humanos. Y, en parte, también a los perros y a los demás animales: les exigen papeles para nacer tan pronto como nacen, y les exigen papeles para morir… aunque en este último caso, se los exigen a los que quedan como dolientes.
¿Sabes, amiga? Algunos, como el zorro, no están sometidos a esta dictadura, aunque los gobernantes lo intenten.
Hoy tenías pocas ganas de salir de casa. Anoche llovió en la dehesa, sin duda una tormenta. Por eso, esta mañana la hierba estaba mojada y manaba de la tierra un olor que yo defino como a setas del bosque.
Cuando llegué, volvió a llover unas gotas de esas “que mil caben en un barril”.
Por fin decidiste que fuéramos hasta la laguna, donde te das tu baño si no hay pescadores tras las carpas y las tencas.
Si hace algo más de un año me dicen que iría —y volvería, aunque despacio— desde los Chozos Las Flores de la Dehesa hasta la laguna de la entrada, y luego volvería de nuevo, vivo… me costaría creerlo. Aunque creo en la Resurrección.
Fíjate, Bingo: anoche llovió —como viste— y un poquito más esta mañana. Y el musgo que cubre los canchales de pizarra, con forma de “dientes de perro” —con perdón— ha pasado del gris a volver al verde.
El musgo sabe esperar. Y resucita cuando las condiciones le son favorables.
Bueno… si hay que resucitar, se resucita. Pero que sea para mejor.
A veces nos obligan a hacer cosas pensando en que nos van a perjudicar, y al final es perjudicado quien provocó la tormenta.
A pesar de todo, como decía nuestro otro amigo, Francisco:
> Aunque no lo merezcan, Paz y Bien.





