Saudades y otras envidias (Conversaciones con Bingo)

Saudades y otras envidias (Conversaciones con Bingo)

Saudades y otras envidias (Conversaciones con Bingo)

Hoy es domingo, pero para ti y para mí los días de la semana cambian poco. Aunque lo intentemos, no conseguimos romper la monotonía.
Cuando estaba en activo, deseaba que llegara el fin de semana. No sé para qué, pues si era verano y teníamos trabajo en las piscinas, hacíamos lo mismo que los demás días.
Ayer, la visita de Felipe a los Chozos nos cambió el esquema, y después nos olvidamos de contarles a nuestros amigos nuestras reflexiones y conversaciones. Tengo que decirte que son algunos cientos de personas a las que les interesan nuestras andanzas y desandanzas.
No deja de ser curioso —y de agradecer— que, sin que tú y yo hablemos de política, de toros o de programas del corazón, seamos escuchados y seguidos.
María José Vergeles, una magnífica escritora y lectora —porque debes saber que para escribir es necesario leer, y leer mucho—, nos recomendaba un libro de Julián Rodríguez. Tengo que conseguirlo, y cuando nos sentemos cansados después del paseo, leértelo.
Antonio Robleda, un buen amigo al que conocí en el mundo de la política, y que pese a estar en distintos partidos nos respetamos y forjamos una amistad imperecedera, me preguntó:
—¿Estás muy meditabundo y melancólico en tus reflexiones con Bingo?
La respuesta es que, con la que está cayendo a nuestro alrededor, cuando los valores en los que siempre creí se difuminan como las veladuras de los viejos pintores flamencos —que ocultan lo que no ocultan—, no es para menos.
Quizás lo que siento son saudades, esa preciosa palabra portuguesa que tanto significa y que tan difícil es de definir.
En fin, Bingo, es lo que hay. Mis principios son los que son. A pesar de gustarme mucho los Hermanos Marx, lo siento, pero no tengo otros.
Oye… ¿tú crees que existe el karma?
¿En vuestro universo perruno también ocurre que quien actúa injustamente recibe del universo el mismo o peor trato?
Cada vez estoy más convencido de que el dios azul corrige las injusticias.
Hace ya unos años, un profesor gallego de farmacogenética decía durante una clase:
—A los enemigos hay que desearles una larga vida… y una penosa enfermedad.
Era un eminente profesor, y me hizo reflexionar sobre esa frase. Buf… lo que significaba.
En muchas ocasiones, en mi debilidad por conocer el románico, me encuentro con claustros, e incluso porches, donde una de las columnas está formada por tres, que se desarrollan en torno a un eje y sostienen su carga.
En este estilo, todo tiene un significado, una enseñanza para quien hasta allí se acercaba. Uno y tres… o tres que forman uno.
Se acerca el día del Corpus. Uno de esos jueves que brillaba más que el sol.
Y lo digo en pasado, Bingo, porque ya no es jueves, ahora es sábado.
Me acuerdo de esa ciudad que tanto quiero: Castelo Branco. Templaria hasta las últimas piedras del castillo, donde celebran Nossa Senhora de Mércoles. Por supuesto… un martes.
Hoy aprieta de nuevo el calor. No eran las siete y ya apuntaba formas el día.
Los charcos junto a la laguna de los chopos empiezan a secarse.
Tú te aventuras un poco más adentro en ella, bebes y te refrescas.
Y yo siento envidia de ti. Cosa que nunca procuré tener de nadie.
Bueno, sí, Bingo. Siempre tuve envidia —no de los que tenían más que yo—, sino de los que eran mejores personas que yo. Y más inteligentes.
Bingo… nadie es perfecto. Lo siento.
Saudades y otras envidias (Conversaciones con Bingo)