Conversaciones con Bingo. Cuando le toca a uno de los suyos:
Dicen los entendidos en los toros que pastan en las dehesas, que cuando alguno de los suyos —bravos y defendiendo su casta y bravura— muere, en la ganadería y en la dehesa se guarda un silencio respetuoso.
Esta mañana, cuando apenas amanecía, llegamos a la dehesa. Bingo, que por lo general me recibe con carantoñas, ladridos y jaleos, apenas asomó la cabeza entre los barrotes de la reja y me estiró la pata en silencio.
A lo lejos los perros corrían detrás de algún choto o vaca que merodeaba por la puerta, pero el gallo inglés que despierta el día estaba mudo. No se oían ni mugidos ni rebuznos; casi diría que, en ese silencio, ni los pájaros osaban romper el luto.
Luto porque tres toros bravos lucharon su partida en las calles de Torrejoncillo y, como en estos festejos “populares” no se les permite ganarse la vida, acabaron, después de magnífica pelea, derramando su esencia en la arena.
Hoy había “silencio en la dehesa”. Hasta el frescor de los valles no estaba precedido por el sonido del viento en las ramas secas de las encinas centenarias: silencio.
Mirando al este, por las tierras de Plasencia, el humo seguía siendo señal de muerte de la naturaleza y desgracia para los hombres.
De nada sirve gritar si los gritos los ahogan los apesebrados que tienen por consigna echar la culpa a los otros. Porque cuando un bosque se quema no se le quema al rico, ni al marqués, ni a ese ente absurdo que llaman Estado. Cuando un bosque se quema y la tierra se calcina, estamos matando el futuro de nuestros hijos, de nuestros nietos y de los nietos de nuestros nietos. Y aunque mañana, como consecuencia de los fuegos, se den peonadas de trabajo —limpiezas, repoblaciones y un largo etcétera—, el daño ya habrá volado como mariposa por todo el mundo.
Ayer veía, Bingo, una imagen de un artefacto llamado satélite, donde el humo de nuestros incendios y de los de los portugueses llegaba hasta Escocia.
Bingo, cuando un bosque se quema, se quema algo tuyo, mío y de nuestro futuro. Porque —como dice mi amigo Enrique Rubio— “primero fue la España vaciada y después la España quemada”. En esta España vaciada está la verdadera esencia y el verdadero patrimonio de España.
Sabes, Bingo, no tengas nunca dudas: yo soy extremeño a muerte, pero a la vez soy español y progresista. Y al que diga lo contrario, o me tome por ingenuo repitiendo patrañas dictadas por partidos, le respondemos tú y yo que, aunque creemos en la magia y la fantasía, sus mensajes y su incompetencia son como palmeras: parecen firmes, pero se doblan con el viento.
Lo de “reinar pero no gobernar” se aplica de momento a la monarquía, pero bien podría aplicarse al presidente del Gobierno. Conmigo y contigo, Bingo, eso no cuela
