Conversaciones con Bingo El dios de la lluvia

Conversaciones con Bingo El dios de la lluvia

Con tanta supertecnología se nos ha olvidado cómo interpretar las señales que la naturaleza nos manda cada día, cada nuevo amanecer. No sé si tú, aunque creo que si las entiendes, ¿ verdad?
Sabes, esta mañana el cielo invitaba a pensar que cambiaría el tiempo, que bajarían las temperaturas y nos encaminaríamos al final del verano y principio del otoño.
Las hormigas formaban alineados ejércitos que llevaban hasta sus hormigueros semillas y trocitos de paja. Hoy sí se escuchaba la vida en la dehesa: cantaba el gallo mientras sonaban las campanillas de las cabras que, después de ordeñadas, se ponían en camino hacia las lagunas buscando briznas de hierba verde, un buche de agua y el fresco bajo los alcornoques pelados. Alguna, “haciendo la cabra”, se alzaba sobre los cuartos traseros para ramonear las hojas más tiernas de las encinas. Curiosamente, nunca las hemos visto hacerlo con los robles ni con los rebollos.
Hoy visitamos primero la laguna Tamujoso, que sigue menguando. Tú has metido las patas y has bebido; debes de tener manías, como yo, pero siempre sigues el mismo ritual. Decidimos luego dirigirnos hacia el sur, siguiendo los lechos de los arroyos. Nos detuvimos un rato: yo me senté en una rama caída que parecía puesta allí a propósito, y tú te tumbaste a mi lado, esperando la golosina, escuchándome atenta.
Seguimos igual, Bingo: los unos por los otros y Extremadura ardiendo. Hasta me estaba convenciendo un consejero —portavoz, aunque trepa— que informaba, hasta que se le fue la mano. Hoy lo único que le faltó fue pedir al gobierno —incompetente, pero gobierno al fin— que hiciera llover. No sé quién dijo que mis hermanos y amigos portugueses podían ayudar, que se les había pedido y que ya estaban en marcha… mentira sobre mentira. Allí, donde tú sabes que tenemos parte de nuestra vida, están ellos también necesitados de ayuda.
La incompetencia de unos y de otros, de un color y de otro, es siempre la misma.
Cuando llegamos a la laguna de los Majadales, cientos, miles de gambusias corrían sobre el agua formando cardúmenes como si fueran sardinas. Esos pececillos se trajeron para acabar con los mosquitos del paludismo en zonas pantanosas, pero aquí, en la laguna de Cris, eran perseguidos desde abajo por las tencas, que en su escondite los atacaban para comérselos.
El resultado lo viste tú: peces muertos, a los que no les tienes escrúpulos y que me dices que están buenos. Como siempre, “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Qué sabios son los refranes y dichos de los viejos.
Empieza a apretar el calor y llegan noticias de que el incendio de Jarilla, desde donde los romanos llevaron el agua hasta Cáparra, sigue activo y casi descontrolado, amenazando a Hervás. Sabes, si esto continúa así tendremos que invocar al dios de la lluvia, porque si esperamos de unos o de otros, acabaremos hechos picón para el invierno.