Conversaciones con Bingo La cigarra en el olivo

Conversaciones con Bingo La cigarra en el olivo

Cada noche, Bingo, procuro ir pronto hacia la plaza de la catedral. Aunque el teatro comienza a las once, aprovecho el tiempo anterior para pasear por las viejas calles. No es un largo paseo como el que hacemos cada mañana, no; es un paseíto para contemplar el ocaso reflejado en la torre de las campanas, en esa media naranja que, como en tantas otras catedrales, se cubre con lanchas de pizarra negra, como escamas de pez de río. Barbos, tal vez, que en otro tiempo nadaron lamiendo los cimientos y los barrancos de la seo.
En los olivos cargados de aceitunas que colocaron delante, una cigarra canta… y se detiene, quizás al notar mi presencia.
En los pináculos de la torre, desafiando la gravedad, las cigüeñas baten sus picos. Cuando era chico, me decían que estaban haciendo gazpacho.
Esa maravillosa y refrescante sopa fría, así la llaman también mis amigos portugueses, se hace con poleos de la orilla del río —o de las lagunas, como esta que tenemos a nuestros pies, Bingo—, con vinagre, con buen aceite de la Sierra de Gata, y con pan de pueblo del día anterior. Y así, obrando el milagro, calma la sed y apacigua, engañando los estómagos del hambre.
Cuánta belleza en las cosas simples.
Algunos ahora lo acompañan de un huevo frito, y se llega al «extasis».
En estos tiempos, cuando los tomates inundan las Vegas y en unos días regarán las carreteras, hacen otro tipo de gazpacho, usando tomate. Hasta hay quien se atreve con el salmorejo.
No cabe duda de que, después del espectáculo del Siglo de Oro de Javier, el listón estaba muy alto para una nueva comedia.
Cuando, antes de comenzar la obra, vi cómo estaba el escenario y leí el nombre —La Aparición—, pensé que trataría sobre la Virgen del Rocío. Aunque nunca la he visto en persona, las imágenes y las medallas —sin rostro definido— parecen el elemento central de su culto.
Se nota que es una producción con ayuda de la Junta: turrón por arrobas, que dirían los antiguos.
Lo mejor del simpático espectáculo, que arrancó carcajadas en algunos asistentes, fue el acento —nada disimulado— pacense del actor principal. Pero el mejor momento de toda la obra llegó cuando, por algún motivo, se fue la luz: el sonido sin micros, la música callada… y dos grandes profesionales que continuaron la obra sin inmutarse.
Volvió el teatro original, aquel donde la iluminación era de velas, y las voces, sin ecos ni artificios, resonaban limpias en todas las localidades.
En ese momento, me conquistaron. Y consiguieron mi aplauso sincero.
Por cierto, Patricia cerró la puerta… y yo, que iba forrado, acabé pasando calor. Qué raros somos los humanos, Bingo. No acertamos nunca.