Conversaciones con Bingo Las alegrías del presente que serán futuro

Conversaciones con Bingo Las alegrías del presente que serán futuro

¿Sabes, Bingo? Hoy soy feliz. Sí, por supuesto por verte un día más. A mi edad, cada jornada en la que veo amanecer es un renacer de la esperanza, y cuando el sol se pone con la extrema belleza con que lo hace sobre tierras lusas, lo siento como una pequeña victoria.
Te explico, Bingo, el motivo de mi alegría. Lo más importante que me queda en la vida es tener dos nietos que son mi presente. Después de pasar unos días en El Gordo, Sergio, el mayor de ellos, vino ayer a quedarse conmigo. Hicimos la comida juntos: un par de huevos fritos, una tira de panceta y unas patatas fritas —de las que me regaló David, otro de Mata que no lee y no sé si lograré que acabe leyendo—. Me supieron tan ricos que no los cambiaría por langosta ni por caviar de beluga.
Sergio es un niño dispuesto a ayudar, con horas de conversación por delante. Tiene ocho años, pero responde y pregunta con un interés sincero por todo lo que tiene que ver con la ciencia. Disfruta con las moléculas, los reactivos y las células.
—Sabes, abuelo, me gusta contarte cosas y estar contigo porque me entiendes —me dijo.
Y es verdad, Bingo, las reflexiones de Sergio más de una vez me ponen a prueba.
Lucas, el pequeño, se inclina por la historia y disfruta hablando conmigo sobre Egipto, los reyes que llaman faraones y los múltiples templos de las distintas dinastías del Alto y Bajo Egipto.
Ellos son mi presente, y espero que también sean el futuro de esta tierra… y del mundo.
A los dos les gustan los animales y la naturaleza, como a ti.
Hoy Sergio volvió corriendo y, otra vez, tuve que hacerle la comida. Pero me hace tan feliz que lo hago encantado.
En nuestro paseo, has visto los montones de corcho en la puerta de tu casa. Ya sabes aquello de “quien de prestado se viste, en la calle lo desnudan”. Tardarán años en volver a tener su abrigo puesto.
No termino de explicarme tu manía con los coches: esos tirones tuyos y el que me hagas perder el ya triste equilibrio que conservo me enfadan. A mí tampoco me gusta que pasen corriendo por medio de la dehesa. Me parece triste, como lo es ver a quienes van hasta ella, o a las fiestas camperas, dejar vasos, botes de cerveza o plásticos por el campo. Luego, alguno será ecologista… de boquilla.
Desde aquí se ven los humos que suben por las faldas de San Juan de Mascoras. ¿Cómo puede ser que un ser sobre la tierra destruya su propio hábitat?
Bingo, estamos locos. Locos.
Durante el paseo nos hemos encontrado con los mastines que ya pastoreaban las cabras. Se nos arrimaron buscando la golosina que siempre llevo en el bolsillo.
Y al final, Bingo, hablé con Antonio Mora. Me hizo especial ilusión que achaque a nuestras conversaciones el aumento de lectores en sus periódicos.
¿Te gustaría que nos colocara en los de otros países?
¿Te imaginas que saliéramos en la edición de Estados Unidos? Aunque él teme que se nos vaya la mano y le quiten el visado para entrar en el país.
Le prometemos que no tendrá ese problema.
Me plantea que tú y yo podríamos dedicarnos a dar conferencias.
¿Te imaginas? Yo hablando y tú mirándome con cara extraña, y al final, con tu habitual elocuencia, añadiendo:
—Guau, guau.