Conversaciones con Bingo Romper el vínculo

Conversaciones con Bingo Romper el vínculo

Conversaciones con Bingo Romper el vínculo

Estaba pensando, Bingo, que debíamos dejar de escribir nuestras conversaciones. Algunas veces me pregunto: ¿a quién pueden interesar estas reflexiones en un mundo que no escucha, aunque oiga?
Hoy me la has jugado y, de nuevo, me has dado una lección de vida. Tienes una enorme facilidad para romper el hilo conductor que nos une durante los paseos. Hicimos el acuerdo de que estaríamos unidos por ese fino hilo que sé que puedes romper en cualquier instante. Nuestro compromiso es la palabra dada, sin papeles, sin firmas ni notarios; solo dos seres ante la naturaleza que firman un pacto sin cadenas.
Esta mañana volviste a romperlo y saliste corriendo. Te alejabas de mí, pero solo hasta donde podías seguir viéndome, aunque yo no te viera. Entonces, yo seguí mi camino hasta la laguna a la que íbamos hoy, la que está al lado de los Chozos Las Flores de la dehesa. Estaban llenos, algunos de nuestros amigos tenían sus mascotas sueltas, y tú, a curiosear.
Cuando he llegado a la laguna, tú ya estabas allí. Zacarías, con su Seat Panda, ya estaba pescando tencas, aunque hoy eran salamandras las que se movían y comían el cebo.
Un rato después viniste y te echaste a mis pies. Te dejaste volver a poner el vínculo de hilo. Con lo inteligente que eres, sabes que la fuerza de unión de seres y pensamientos no se rompe porque no haya una unión física.
Después ha llegado “Mataliebres hijo”, porque Antonio lo es porque lo fue su padre. Y ese es otro vínculo que, en los pueblos, no se rompe nunca. Hemos hablado, mientras tú atendías a las conversaciones entre humanos, de cómo fue la dehesa llena de jaras, de las majadas y apriscos que había, de las familias que vivían de vacas y cabras, y de cómo eran los chozos donde vivían.
Zacarías, hombre que vive en “Los Madriles”, ha hecho ya una boya de deriva para sujetar la sombrilla que, como si fuera de playa, en la laguna le protegía del sol. Comenzó a trabajar en esta dehesa cuando tenía quince años. Ahora lo llamarían maltrato infantil, pero entonces él se sentía útil ayudando en casa.
En fin, Bingo, que se nos hizo tarde, que empezabas a tener ganas de volver a casa para evitar el calor…
Anoche, Bingo, fui al Festival Internacional de Guitarra de Coria. Que sí, que tienes razón, que estoy todos los días en historias culturales, pero disfruto de la música, del teatro, de los libros… y de los toros. Sí, porque también son una ancestral cultura. También se sacrificaban en esos altares que hay en esta dehesa y que tú y yo enseñamos a nuestros amigos. Hoy es en una plaza, pero también, de una u otra manera, los que están allí les rinden culto.
Bueno, anoche Pedro Mateo —que es un nombre compuesto— hizo vibrar las rejas de la catedral de la vieja dama. Un programa que, desde Bach hasta Alberto Ginastera, pasando por El amor brujo y su Fuego fatuo, me hizo descender hasta el abismo de la felicidad. Esta semana, si puedo, no faltaré ninguna noche.
Sí, Bingo, soy un animal de costumbres, y se repiten en mi vida con poca improvisación.
De verdad, sin hablar de política, ni de toros, ni de fútbol… nos han visualizado casi cuarenta mil personas.
Bingo, eres un bichito importante… y yo, tu escribidor.
Hoy no sonó el despertador y fueron las luces del amanecer las que dieron en mi rostro y me despertaron.
Jesús va saliendo de un mal sueño. Ángel, el padre de Julio, que es mi amigo, superó un covid que lo llevó a la UCI.
Y yo sigo unido, sin cuerda, a ti.
Feliz domingo, Bingo.