Conversaciones con Bingo – Volvió la primavera.
Hoy hemos salido antes de que el sol rompiera del todo la niebla.
La dehesa parecía un mundo suspendido, como si aún no hubiese despertado del todo. El aire olía a tierra mojada, aunque hace semanas que no llueve. Será que la memoria de la tierra guarda humedad, igual que nosotros guardamos recuerdos.
—Bingo, ¿tú sueñas?
Me miraste un instante, ladeando la cabeza, como si supieras que la pregunta venía cargada de más cosas.
—Yo sí. A veces con cosas que pasaron, y otras con cosas que nunca ocurrieron pero que se sienten tan reales como las que sí. ¿Tú crees que los sueños son también una forma de vivir, aunque sea por dentro?
Nos detuvimos bajo una encina vieja, aquella que tiene ramas que casi tocan el suelo. Allí donde la sombra permanece incluso cuando el sol está en lo alto.
—¿Tú te acuerdas de cuando vino aquel zorro herido?
Tú no ladraste, te acercaste despacio, como si supieras que el dolor ajeno no se asusta, se acompaña.
A veces pienso que los animales entendéis cosas que los humanos hemos olvidado.
Bingo me seguía atenta, sin prisa. Sus patas rozaban la hierba seca sin hacer ruido, y sus ojos parecían tener la edad del mundo.
—¿Sabes, amiga? A veces me siento más escuchado contigo que con muchas personas.
Será que tú no interrumpes. Que no juzgas. Que estás.
Nos cruzamos con un nido caído. Lo recogí con cuidado y lo dejamos en la rama baja de un rebollo cercano. Tal vez el viento lo tiró. Tal vez fue un aviso.
—¿Crees que todo vuelve a su sitio, Bingo?
Lo preguntas y no sabes si la vida tiene respuestas o solo más caminos.
Seguimos andando. Tú te adelantaste un poco, como si ya supieras por dónde había que seguir.
—Eso eres tú para mí, Bingo —te dije sin que miraras atrás—: una brújula que no señala el norte, sino el corazón.


