La soledad no deseada y otras andanzas Conversaciones con Bingo

La soledad no deseada y otras andanzas Conversaciones con Bingo

La soledad no deseada y otras andanzas Conversaciones con Bingo

Esta mañana, cuando llegué a verte para dar nuestro paseo, no querías salir. Te dejaste poner el collar después de saltar sobre mí y arañarme. No tiene importancia. Ayer te dije, después del paseo que hicimos temprano, que tenía trabajo.
Ahora, Bingo, disfruto aprendiendo. Me había matriculado en un curso de Arqueología. Los demás días las clases eran por la tarde, pero ayer fueron durante todo el día.
Le pedí a María que viniera a verte para que no pasaras tanto tiempo sola, pero seguro que tenía cosas importantes que hacer, o simplemente se le olvidó.
La soledad no es un mal estado para el cuerpo y el alma cuando es deseada y escogida libremente, pero a veces provoca frustración o tristeza. Los humanos, como los perros, necesitamos compañía, ya sea de iguales o de distintos.
Hoy hemos hecho las paces, como ojalá las hicieran los locos mandamases del mundo. Que dejen las guerras para los videojuegos, y no mueran más inocentes.
Cada día, en nuestro paseo, la dehesa nos regala alguna sorpresa. Hoy, los terneros, hermanados y despistados de sus madres, las llamaban, y su lamento resonaba en el aire. Un cuco cantaba su “cu-cu-cu” desde el nido de otro pajarito, que sin saberlo alimentará a una cría que no es suya. Esa cría, al nacer, empujará a sus hermanos fuera del nido.
El cuco, como otros animales oportunistas, prefiere poner sus huevos en nidos ajenos y que otros críen a su descendencia.
Bingo, te asustas —nos asustamos— de lo desconocido. Yo, quizás, de las sombras o las energías que no se ven; tú, de una rana que, al llegar a la laguna y notar tu presencia, buscó refugio en el agua. Y tú descubriste algo que saltaba y decía “croa, croa”.
Ayer te hablé de las líneas rojas que creo que no se deben traspasar. Hoy veo que cada día alguien traza nuevas líneas y fronteras donde nunca existieron.
Quizás por eso nuestros paseos son tan valiosos, amiga. Porque en medio del ruido, del miedo y de las soledades no buscadas, tú y yo encontramos un espacio de calma donde basta con caminar juntos, oler la tierra húmeda, y escuchar a los pájaros. Aquí no hay más fronteras que las del horizonte. Y mientras podamos seguir andando así, cada mañana será un regalo.