Conversaciones con Bingo Los saltamontes y las mariposas
Hoy saliste de paseo y comenzaste a ladrar. Algo que yo no veía te llamaba la atención y saltabas atrás y adelante como si se tratara del baile de la tarantela. ¿Sabes, Bingo?, hay quien tiene el baile de San Vito, y otros este de la tarantela, que se originaba cuando alguien era picado por una tarántula y el dolor se calmaba bailando.
Después de mirar entre las hierbas secas, vine a descubrir que la causa de tu aflicción era un pobre langosto que saltaba de una rama seca a otra.
Su color se enmascaraba con las hierbas secas; creo imaginar que buscaría alimentarse de algunos brotes verdes que, a pesar del calor, siguen viviendo.
Recuerdo, Bingo, cuando los calores eran de verdad y no tenía apellidos el verano.
Como en las horas en que las chicharras pedían socorro y movían sus élitros desaforadamente, con una enorme manga, cual si se tratara de quitar los posos del café “El Cubano”, mi padre la arrastraba por esos sequeros de la planicie cacereña. Cuando la carretera que nos llevaba a la capital pasaba por un mesón o posada donde se tomaba un refrigerio mientras se enfriaba el motor del coche, y en algunas ocasiones paraba el tren en su estación.
La recolección eran sacos de langostos o saltamontes que servirían para pescar y cebar los peces en las corrientes del río.
Tu otra diversión hoy fueron las mariposas.
Te dije, Bingo, que hablaríamos de ellas, de ello y de él.
Hace muchos años, en un viaje con Marisol, Sara y María José por tierras francesas, fuimos a disfrutar de Futuroscope, un parque temático de imagen y sonido al que volveríamos en alguna otra ocasión. Allí, en Poitiers, disfrutamos de una atracción que no olvidaré nunca: una proyección del vuelo de las mariposas monarca en su migración desde Canadá hasta los bosques de México.
Tenías la sensación de ir montada en una de ellas y ver el mundo desde sus ojos: las cascadas, los ríos, los pueblos y los campos llenos de flores.
Bingo, nunca lo olvidé, hasta que un día pude verlas: miles, millones de mariposas llenaban el cielo y los bosques, con sus colores naranjas y pardos brillantes.
Pero las mariposas volvieron de la mano de Izan.
La naturaleza, tan sabia, algunas veces se equivoca, y hace nacer un niño o una niña con esa maldita enfermedad que se llama “piel de mariposa”, porque, como a ellas, si tocas sus alas y les quitas el polvo mágico, les impide volar.
Imagino que se investigará dónde está el fallo, y ojalá sepan corregirlo.
Bingo, un niño cercano tenía esta enfermedad, y fue un ejemplo de coraje, valentía, esperanza e ilusión. Tenía sus amigos y, a pesar del dolor que provoca el mínimo roce, jugaba con ellos. Para mí fue un ejemplo, y empecé a saber que no tenía derecho a quejarme de nada, y sí de dar gracias a la vida.
Un día como hoy, mil millones de mariposas monarca vinieron hasta La Puebla de Argeme, lo envolvieron entre sus alas y lo llevaron a esa otra dimensión donde nunca más tendrá dolor.
Ese día fue triste para todos sus amigos, pero nos llenó de esperanza y fortaleza.
Desde ese día, una mariposa enorme, y no monarca sino azul, revolotea por estas tierras. Y tú, Bingo, que ya sabes quién es —pues lo hablamos muchas veces—, quieres jugar con ella.
