Todos los caminos conducen… a Santiago: parada en Puente la Reina

En un día casi veraniego, el camino se hace fatigoso. Ruta por carretera, camiones y más camiones, eso es que el país sigue en activo y reactivándose; obras en la autovía y lluvia en torrentera, sin parar. Cielos grises. Los pagos forales “atormentados” esperando el estío. La zona media navarra me recuerda a la meseta castellana: parece una extensa planicie jalonada de pendientes, cuestas y declives hacia arriba y hacia abajo. Campos amarillentos, sierras más o menos redondeadas. Todo muy fértil esperando el momento de la cosecha.

Llegar a Santiago resulta muy atractivo,  por diferentes razones, tan genuinas y personales como estrambóticas. Y hacerlo en bici, coche, burro, avión o a pie obedece a gustos y economías, seguro.

Obligada “parada y fonda” en Puente la Reina: en estos momentos Muraria, representada por su director, Fernando Cañada nos ofrece una exposición digna de detener el caminar del “peregrino”, de todo aquel curioso interesado en Santiago y en su ruta. El comisario de la misma, el medievalista Fermín Miranda resalta la mirada reflexiva que supone volver los ojos y los pasos al Santo.

El poeta lo cantó: “se hace camino al andar…” y conviene continuar y no dejar de hacerlo: viajar, transitar…Si todos los caminos llevan a Roma, Santiago nos espera: su peregrinación constituye un referente singular, igual que en otras muchas religiones y corrientes espirituales visitar determinados lugares: musulmanes, judíos, budistas, sijs o hindúes, por señalar solo algunas posibilidades, también cuentan con puntos de referencia espiritual donde concentrarse con motivo de diferentes celebraciones.

Nos recibe Ana Belén en la Casa del Vínculo, un enclave próximo al río Arga que discurre plácidamente por el puente, el famoso puente que da nombre a la localidad. La exhibición acoge una muestra palpable de todo lo que supone el camino: esfuerzo, sacrificio, penitencia y, en sentido aparentemente contrario pero paralelo, el disfrute de la experiencia del viaje; de golpe o por etapas, en solitario o acompañado, una o mil veces, creyente cristiano y devoto de Santiago o adscrito a cualquier otra corriente de religión y pensamiento y, por qué no, descreído y desprovisto de motivos religiosos pero tal vez repleto de necesidades espirituales o personales que esperan encontrarse tras algún recodo a la ribera del río o en la litera de un albergue.

Y puentes, siempre esas construcciones tan antiguas y tan modernas, tan clásicas y tan necesarias…contribuyen a sortear ríos, cruzarlos y acercarse, orillar orillas en ningún caso, itinerarios facilitadores de pespuntes calzados y cansados, auxiliados en un hospedaje –forastero, emigrante, incluso- que da posada evangélica y “misericordiosa”. Devotos y “vagamundos”, clientela variopinta que desea llegar y parar. Mendigos y desfavorecidos (nos suena, ¿verdad?).

Las autoridades del municipio y del Gobierno de Navarra se sienten orgullosas de ofrecer al de fuera sus tesoros: compartir con ganas e ilusión la historia y la cultura, esa que sigue siendo segura. Y actual y entretenida. Ilustrativa y estimulante.

Nos advierten de que tendemos a interpretar la peregrinación desde una perspectiva muy actual. Una decisión alimentada por factores religiosos, espirituales, turísticos, reto individual o colectivo y, hasta, en un plano más “postmoderno, con un simple ¿por qué no? Pero olvidamos en paralelo el importante componente de “premio y castigo”, y más de lo segundo que de lo primero, que tenía -y mantiene en buena medida- la práctica religiosa en el catolicismo medieval y del Antiguo Régimen.

Con un infierno amenazante desde los tímpanos de las iglesias o en boca de predicadores y confesores cada vez más omnipresentes (“Confesaos los pecados…para que os curéis”, dice precisamente la Epístola de Santiago), la perspectiva del tormento eterno no era un elemento menor de la conciencia individual y colectiva. La intercesión de los santos para conseguir el perdón divino, para uno mismo o para los más allegados, atascados quizás en el purgatorio a la espera del permiso para “subir” al cielo, suponía una salida interesante ante tal perspectiva. Así pues, graves pecados eran redimidos con importantes penitencias, como la de acudir a santuarios más o menos lejanos en función del relieve de la culpa.

En Puente la Reina alcanzamos conciencia del valor expuesto en unas salas que permiten al visitante atisbar viejas piedras, ladrillos al descubierto, torres, arcos ojivales…todo tan pretérito y tan actual: la atención y el significado de un pasado tan presente: pasarelas transparentes, paneles con textos e imágenes, cuadros, figuras y amplios ventanales que orientan de una muestra cuidada al detalle: quien se acerque a este paraje podrá reparar, mirar y contemplar a su antojo belleza terruñera con sabor a casa, familiar: y con tiempo de saber que hay tiempo para llegar y para seguir caminando.

Me queda una inquietud: ¿El camino hace santos o los santos hacen caminos?

Habrá que volver a mi querida Navarra. Una y más veces. Muchas.

Prª. Drª. Pilar Úcar Ventura

Profesora Propia Adjunta

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